sábado, 28 de junio de 2008

Aguafuerte de Matías Comicciolli

Divagaciones sobre la inseguridad

Que fácil se deja embaucar la gente con el tema de la inseguridad. Díganme si no es cierto, que en cualquier almacén, verdulería o carnicería de barrio no se produjo, con sus cambios y alteraciones, el siguiente diálogo:

-Y claro, lo que pasa es que la cosa no está como entes…

-No señora, ahora está el tema de la inseguridad.

Inseguridad, que para las dos viejas que se encuentran en el almacén, pasa a formar parte de algo así como su estilo de vida.

Me resulta muy cómico escuchar los tejes y manejes con solapa, que las personas se ingenian para que no les afanen el monedero. Tendrían que haber visto a una mujer, de un peso específico considerable, realizar una especie de maestría lúdica para poder conseguir las monedas que había guardado entre su ropa interior.

Ahora bien, esto no queda sólo en las prácticas costumbristas de las señoras que compran en el almacén, tenemos también a la figura arrogante, presuntuosa y engreída del aristócrata de barrio, que por sobrada suspicacia, desconfianza y aprensión, se preocupa sobremanera para que el barrio vuelva a ser ese apacible rinconcito, alejado de la gran ciudad, que en algún momento fue. De esta forma comienzan a evocar sus mediocres vidas, al cuidado exclusivo de sus bienes de lujo.

Hace algunos domingos atrás vino a casa un señor, de estos que yo llamo de elite, a pedirme si quería participar de una cadena telefónica que tenía como fin el cuidado reciproco de algunos vecinos. El tipo me comentaba que ante cualquier ruido extraño, podíamos ser alertados por un vecino, quien llamaría inmediatamente a nuestra casa o en el mejor de los casos a la policía.

¡Ruido extraño! ¿Qué es un ruido extraño? O mejor ¿Qué no es un ruido extraño, pongamos por caso a las tres de la mañana? El ruido, desde que lo definimos como tal, ya es un interrogante en sí mismo, por lo tanto, goza de la cualidad de la extrañeza. De lo contrario, en lugar de referirnos a la actividad sonora como “ruido”, lo haríamos identificando el objeto productor de las ondas, que llegan hasta nuestros oídos. Por ejemplo: en lugar de preguntarnos ¿¡Qué fue ese ruido!? Diríamos, se ha caído una botella o fue el gato que anda por los techos.

Ya me veía yo levantado, a altas horas de la madrugada, para atender el teléfono y escuchar: …Sr. X he escuchado un ruido extraño… El negocio no me pareció conveniente y opté por no darle mi número telefónico.

Los medios para la seguridad

Claro que también hoy en día, y gracias a los magníficos avances tecnológicos (que no logran solucionar el hambre, pero sí algunos aspectos más triviales) tenemos a nuestro lado la incondicional ayuda del celular. Artefacto que nadie sabe bien de qué manera mágica funciona, pero que todos tenemos y que a la hora de necesitarlo verdaderamente: o no tiene crédito o le falta batería.

Estoy seco de escuchar a las madres de adolescentes, diciendo que les compran un celular a sus hijos para que estén más seguros. ¿Qué hacían los pibes de hace algunos años atrás? Vivian expuestos a las mayores atrocidades otorgadas por la noche. Yo, señores, salgo de noche desde los catorce años y nunca vi como una necesidad sine qua non el uso de un teléfono móvil. Esta gente se cree que mientras te están afanando, el chorro te va a dar tiempo a que llames a la cana. Lo que hace el ladrón en esos casos es choriarte también el celular y de ahí en adelante, ha rezar para que no finja un secuestro express llamando a tu casa y pidiendo rescate.

Después están los que tienen toda la casa mecanizada con control remoto y desde la esquina abren el portón para meter la cuatro por cuatro, todo esto con el único fin de no estar ni un minuto de más en la calle (entre paréntesis y pido disculpas si hiero la susceptibilidad de alguno, pero merece mi mayor repugnancia, indiferencia y reprobación todo aquel que compra, con el solo hecho de alimentar su arrogancia, su egocentrismo y su hedonismo progresista, una camioneta cuatro por cuatro para usarla en la ciudad. Seguro que a ese tipo, que se jacta de amante incondicional de la naturaleza y por eso compra semejante bólido, le proponés ir a pescar un fin de semana y le decís que tiene que dormir en carpa, te manda a freír churros. Amante de la naturaleza…por favor!!!).

Bueno, estos últimos son los peores me tocó un par de veces y por cuestiones vinculadas al azar, pasar por la casa de estos mientras se abría el portón automático. El miedo y el pánico que me infundía su mirada era indescriptible, mientras pensaba para mis adentros: que no se me ocurra hacer ningún movimiento sospechoso, porque inmediatamente después estoy viendo como crecen los rabanitos desde abajo. Estos tipos, jóvenes profesionales enriquecidos en los noventas, meten más miedo que el delincuente común. Están enteramente convencidos que todo aquel que pase por su casa mientras ellos guardan el coche son una amenaza.

El problema

El problema en la actualidad, es que convencieron a la gente de que existe una amenaza a la cual hay que temer. Ni que hablar de los que se convencen de que no sólo existe tal amenaza, sino que también hay que eliminarla. La violencia, los robos, los asesinatos, son algunos de los alimentos que nos brindan los medios de comunicación continuamente y que hace que nos recluyamos cada vez más en nuestras casas. Lo cual hace que algunas personas tengan como único leid motiv cuidar sus pertenencias, su propiedad privada.

Las noticias trasmitidas por los diarios, las radios y la televisión también son un mensaje que crea un tipo definido de conciencia, un pensamiento colectivo, un estado de rutilante estupidez generalizada, la cual está directamente ligada al el tema de la inseguridad. De ahí que la vieja en el almacén, no encuentre otro tema de conversación que el asalto al kiosco de la esquina. Pero esas noticias no están seleccionadas por casualidad o de manera fortuita, sino que las mismas cumplen con un proceso formador, a la vez que sirven a los intereses de una clase determinada. Y justamente es esta bendita clase, de pobres diablos e infelices mujeres, que creen que son los dueños de la verdad, los que se llenan la boca con máximas incuestionables cómo: “a estos hay que matarlos a todos”.

Esta gente va a defender a capa y espada la integridad, la bondad y la moral (¿Moral?) de sus vidas, pero el problema no es ese, sino las demás personas que se lo creen, y comparten las mismas opiniones, convirtiéndose ellos también en otra manga de piojos resucitados.