Mostrando entradas con la etiqueta crónica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta crónica. Mostrar todas las entradas

martes, 11 de noviembre de 2008

Crónica de Leandro Viggiani

Leandro Viggiani

Crónica de investigación.

De mochilas, redacciones y cultura

Tocan el timbre desde la planta baja. Walter va hacia el portero eléctrico. Su mirada denota una profunda ansiedad, como si detrás de ese pequeño dispositivo estuviese la suma de todas las felicidades.

―Jaime ¿sos vos, no? ―Walter se adelantó a la voz que tocaba

―Baja rápido que tengo el camión en la puerta, los muchachos no tienen mucho tiempo así que activa que hay que subir unas cuantas cajas.

Transcurro cinco largos minutos sentado en mi sillón de entrevistador, en medio de pilas y más pilas de revistas. A mi derecha en sus respectivos escritorios dos pomposas computadoras, debajo unos cuantos comics de Asterix y Obelix apilados. Desde afuera se oyen los pasos, la puerta y allí el famoso Jaime.

― El es un lector nuestro, nos vino a hacer una entrevista, así que dejamos todo acá apilado y mañana empezamos a distribuir.

Jaime saluda estrechándome su mano izquierda (la derecha está aún repleta de revistas) y se despide aludiendo temas personales. En tanto Walter mira fascinado la foto de un Agustín Tosco retratado en una especie de sepia.

―Bueno ya la miraré más adelante, hagamos la entrevista así te liberamos.

Es la calle Sáenz en Lomas de Zamora, allí funciona Sudestada, una de las pocas revistas culturales que actúan en el campo del saber cultural y que además lo hacen desde la periferia, en el lejano conurbano bonaerense, de allí su nombre, de allí la paradoja.

Sudestada, creada en el 2001 en el marco de la profunda crisis socioeconómica que azotó tierras argentinas se autoproclama como una publicación de carácter cultural, auto sostenida y de alcance nacional. Para 1998 un grupo de flamantes comunicadores sociales egresados de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora comienza a cuestionarse el sentido del periodista, su rol social, su implicancia en procesos políticos. Ante la resistencia frente a los medios masivos de comunicación y sus formas de construir agenda, Ignacio Portella, Walter Marini y Hugo Montero deciden emprender el que sería el viaje de sus vidas: Sudestada. Con un reducido presupuesto, con no muchos más recursos humanos la revista publica su primer ejemplar en agosto de 2001. Desde allí 73 ejemplares mensuales ininterrumpidos constituyen su flagrante producción. Sudestada es un colectivo de trabajo. Detrás de su trío fundador, cuenta con 15 colaboradores permanentes. El plantel se completa con el diagramador y dos asistentes de fotografía. Las participaciones de todos ellos (que en casi todos los casos son periodistas recibidos) son ad honorem, el colectivo Sudestada no produce plusvalía. La revista se distribuye por más de 200 puestos de diarios y revistas ubicados en los tres puntos cardinales del conurbano bonaerense y en Capital Federal.

Walter toma mate en un pequeño posillo de metal, detrás de él todo un cuarto repleto de revistas, libros computadoras y hasta una cama. En tono de excusa me dice:

―El problema es que el diagramador que nos da una mano es de Morón, entonces el día antes de la entrega del crudo de la revista se queda a dormir directamente acá, no se va a volver para allá.

Mientras habla, Walter no puede dejar de ojear el flamante número de la revista.

―Así es todo acá, ¿o vos te crees que a nosotros nos distribuye una empresa? A nosotros nos llega la revista y ahí empieza el trabajo de verdad. Nos cargamos las mochilas y arrancamos. Por ejemplo a mi me toca la zona del oeste del conurbano, y en Haedo voy en un tren que pasa cada media hora, entonces con el canillita de la estación ya tenemos todo combinado, le dejo las revistas y me termino subiendo con el tren en movimiento, así es todo.

Decir revista cultural en Argentina es atravesar una basta historia de publicaciones que han sabido configurar y delinear una serie de reivindicaciones en torno a la cuestión político-social. Caras y Caretas (1898) fue la primera de las publicaciones nacionales en donde se pone en juego la cuestión de la cultura. Autodefinida como un "semanario festivo, literario, artístico y de actualidades” Caras y Caretas redefinía la actualidad política, literaria y social recurriendo a una serie de recursos no utilizados desde la prensa argentina hasta ese momento: cromos, fotograbados y fantásticas ilustraciones. La primera revista cultural de Argentina tiene una peculiaridad que la distingue de la actual situación de las producciones culturales: su alto grado de popularidad, lectura para muchos. Luego llegarían Martín Fierro (1924), Sur (1931) y Contorno (1957) para completar la oferta cultural de la primera mitad del siglo.

Pienso en la revista cultural, como definirla, como diferenciarla de otras publicaciones. Walter se queda pensando unos segundos sentado en su silla. Parece no tener una respuesta clara. En eso el ruido de llave anuncia que alguien está por entrar a la redacción.

―Jajaja, suerte que viniste Hugo, este muchacho me había puesto contra las cuerdas.

Hugo Montero tiene unos 30 años, es delgado, alto y habla con una claridad que asusta. Walter le traslada la pregunta. Hugo piensa mientras toma un mate que hace rato está lavado.

―Nosotros nos autoproclamamos como una revista cultural, pensamos que lo somos. El problema pasa por las taxonomías, por la necesidad de crear un género que las agrupe, por el intento de definir aquello que debe ser cultural frente a lo que no es, con la triste y penosa finalidad de generar una forma de intervenir ideológicamente sobre lo dicho. ¿Vos querés entender lo que es para nosotros una revista cultural? Te invito a la reunión del viernes.

Asiento con la cabeza, el viernes iba estar nuevamente allí. La procesión va por dentro y mis preguntas alrededor de la cultura parecen no tener fin.

Con la llegada de los militares al poder en 1976 la cuestión de la revista cultural cambia radicalmente su posición frente al campo de la industria cultural. El gobierno de facto desarrolla un fuerte dispositivo de censura y represión sobre la sociedad en general y sobre el espacio político cultural en particular. La historia y su tragedia archicontada cambia por completo el rol del periodista crítico. La producción alternativa parece ser la única opción. Es entonces cuando se profundiza el fenómeno de la prensa subterránea. Punto de Vista (1978), Nova Arte (1978), Ulises (1978), El Ornitorrinco (1977) son algunas de las publicaciones del período, todas ellas de escaso tiraje (no más de mil ejemplares) y todas de corta duración en razón de la intensa represión sobre periodistas y quiosqueros que frecuentemente eran sometidos a requisas. En la década del 70, en pleno gobierno peronista es cuando surge la revista que marcará por completo el futuro de todas las publicaciones alternativas en Argentina: Crisis (1973). Con Eduardo Galeano como director editorial y Juan Gelman entre sus redactores, la revista adquiere una estética vinculada con “lo rioplatense” que se transformará en eje de discusión sobre aquello que sucedía en literatura, política y sociedad en los 70.

―Crisis, ves por ejemplo crisis es una revista cultural- Walter parecía obsesionado con la respuesta a una pregunta que con el correr de los minutos se transformó en muy polémica.

―Nosotros no recibimos apoyo de ningún tipo, tiramos alrededor de 2000 ejemplares por mes. La única publicidad es la editorial que nos hace la impresión, que en realidad es una cooperativa. Por eso te digo que no ganamos plata con eso, el vuelto está cuando ahora tengo la revista en mis manos. Hacer esta revista es tener una voz, queremos decir algo y agotamos los medios para concretarlo.

Viernes, nueve de la noche, me dirijo a la redacción. Me abre Jaime, le recuerdo quien soy y entro. Subo las escaleras hasta llegar a la sala de discusión, que no casualmente es el mismo lugar que la sala de redacción. Alrededor de la mesa redonda puesta para la ocasión veo a Walter, a su lado está Hugo. La reunión se completa con Martín Latorraca, Ignacio Portella y Mariano Garrido. Walter me acomoda una silla entre él y Hugo. La discusión está por arrancar. Hugo toma la palabra y en un tono cancino habla de una historia que se contará sola, el resto escucha

―Es la historia de un proceso histórico que me obsesiona y nunca hemos contado, y Octubre creo que es el mes- mientras Hugo habla no hay lugar para bromas- Concretamente es la revolución rusa. Se hablo mucho de eso, poco se dijo sobre como Stálin derrota a Trosky. La perspectiva histórica se va a volver fundamental. Contamos con el testimonio de Andrés Rivera y de Gabriel García Higueras, un historiador peruano. Ellos dos nos van a enriquecer el relato. Propongo que ese sea el tema de tapa. ¿Están de acuerdo?

Jaime agrega que el también tenía ganas de hacer algo por el estilo, hasta se anima a pensar sobre la estética de la futura tapa. Walter menciona la posibilidad de concertar una entrevista con Pablo Reyero, un conocido documentalista audiovisual. Así paso por paso parece armarse el nuevo número que está por venir, cuando aún falta mucho para mediados de Octubre, cuando la revista de Septiembre no se ha terminado de distribuir. Eso es una revista cultural. La reunión con unas cervezas de por medio, distribuye las tareas “periodísticas” entre los presentes y se extiende por unas dos horas en las que no se produce ninguna discusión importante. Son las 11 de la noche y la mesa empieza a levantarse. Nos dirigimos a la puerta, Hugo es el único que se queda, dice que quiere empezar a escribir algo.

La noche es ventosa y Lomas parece tener poco que contar. Me quedo unos minutos más en la puerta con Walter.

―Y, ¿qué te pareció la reunión?

Le contesto lo que fue: una revelación. La cultura puesta sobre una mesa, un grupo de personas discutiendo sobre Trosky y Stalin, todo eso gratis. Y ahí está la cultura, en esta revista que mal que le pese a Hugo es sin lugar a dudas cultural. Ya pasaron etapas de revistas subterráneas donde todo había que esconderlo. En tiempo actuales hasta existe la Asociación Argentina de Revistas Culturales que las nuclea y vela por sus intereses. En los últimos meses se organizó un Congreso de Revistas Culturales en Resistencia, Chaco, en donde fueron la mayoría de las revistas que circulan actualmente, donde estuvo Sudestada.

Ya casi con los ojos vidriosos Walter me agrega:

― ¿Sabés lo que pasa? Por acá transcurre mi vida. Sudestada es todo lo que quiero para seguir. A pesar de los obstáculos, a pesar de horas y horas con 100 revistas en la espalda, a pesar de eso quiero seguir. Verle la revista enrollada en la mochila a un tipo que viene de laburar es todo lo que necesito. No pido más.

Reflexión sobre la crónica del Daniela Merlano

Reflexión sobre el género crónica

Cuando empezamos a tratar el tema de esto que en periodismo llamamos crónicas o notas de investigación, me encontré con universo que no conocía del todo, contaba con una idea parcial de lo que implicaba una crònica , es decir asociaba a el género a un trabajo más técnico con un fin meramente informativo.

Leyendo “El relato de los hechos” de Ana María Amar Sánchez, comencé a problematizar los preconceptos que tenía acerca de las crónicas, seguramente por mi inexperiencia sobre esta cuestión.

La autora hace una referencia al surgimiento del género de no ficción, informando que surgió en Estados Unidos hacia el año 1960 , como respuesta a una crisis que estaba atravesando el “viejo periodismo”, que por esos años estaba desgastado y se lo consideraba convencional. Surge el “nuevo periodismo”, con la intención que pueda ser leído como una novela, empleando técnicas propias de la narrativa .En definitiva, apuntar a un periodismo literario. El surgimiento de este género suscitó las voces de los críticos que veían este nuevo género como una amenaza para el tradicionalismo literario y periodístico, señalando el conflicto que implicaba sostener un equilibrio entre ambos.

El problema central que planteaba la no ficción en ese momento, era el contacto con la realidad y con la verdad de los hechos. El vínculo que comenzó a establecerse de la no- ficción con los medios posicionaba al género en un lugar sospechoso.

Para abordar el tema la autora va a profundizar sobre el género no ficción presentándolo como un campo problemático, del cual se desprende cierta tensión “los relatos de no ficción, testimoniales, no son simplemente transcripciones de hechos más o menos significativos, por el contrario plantean una cantidad de problemas teóricos debido a la peculiar relación que establecen entre lo real y la ficción, entre lo testimonial y su construcción narrativa”

Amar Sánchez destaca varias cuestiones acerca del género: tiene como premisa un material que debe ser respetado, registros como grabaciones, documentos y testimonios comprobables que no pueden ser modificados por exigencias del relato. El contenido es el resultado de una producción que cuenta con una mezcla de material más narración, los textos tienen una lógica interna que construye la subjetividad de otra realidad percibida por el cronista que pone en juego la credibilidad del contenido.

En el prefacio de Música para Camaleones Truman Capote, precursor del genero de no ficción, da testimonio de las repercusiones que tuvieron sus primeros trabajos en este campo, al cual el lo consideraba virgen por esos años. “Yo quería escribir una novela periodística, algo que en mayor escala que tuviera la verosimilitud de los hechos reales, la calidad de inmediato de una película cinematográfica, la profundidad y la libertad de una prosa y la precisión de la poesía. Finalmente inspirado en caso de asesinato en Kansas, publicó su resultado y debió en enfrentar varias críticas en aquella época que rechazaban la idea de novela verídica y en algunos sectores la calificaban como un “fracaso de la imaginación”.

Como relata en el prefacio Capote debió enfrentar una larga crisis en su labor como escritor, en la que planteaba el hecho de que a pesar de hacer obras con buenos resultados aún no había podido optimizar todos los recursos que poseía del arte de escribir, todo lo que había aprendido del arte de la literatura, de libretos de obras teatrales, de reportajes poesías y novelas. Otra cosa que se planteo, es por que nunca estaba presente en las historias que relataba, expresando que el periodista tiene que entrar en la obra como personaje, como observador testigo, si es que quiere mantener a la historia dentro del plano de lo verosímil. Me pareció un buen consejo para aplicar a mi crónica y en busca de conceptos para armar la escritura y aclarar los objetivos de mi trabajo tome las reflexiones de Ulibarri en Una Arquitectura viva “Un periodista es un investigador, un indagador, un coleccionista de datos y significados, un relator de experiencias y es también un escritor.”

En cuanto a mi experiencia personal, lo viví como una aventura desde que entré al lugar en primera instancia para realizar la entrevista inicial. Luego las cosas se tronaron más complejas, había que juntar diferentes testimonios para exponer diversas voces para que el trabajo tome forma. Una vez que junte los testimonios y diferentes fuentes de información, la satisfacción fue muy grande pero enseguida el miedo de no saber bien que hacer con todo eso se apoderó de mí, hasta que un “click” me indicò que llegó el momento crucial: es hora de escribir

Finalmente me queda destacar unas reflexiones muy interesantes publicadas en la recopilación de Maximiliano Tomás del libro “La Argentina Crónica”

Prólogo: Martín Caparrós

“La crónica es una mezcla, en proporciones tornadizas, de mirada y escritura. Mirar es central para el cronista- mirar en el sentido fuerte. Mirar y ver se han confundido, ya pocos saben cuál es cuál. Pero entre ver y mirar hay una diferencia radical”.

Me parece una definición sencilla pero de gran sabiduría. Creo que Martín Caparrós aportó una mirada aguda y crítica para puntualizar como esta posicionado el género en nuestra actualidad.

También hace hincapié en el trabajo minucioso y la mirada extrema que no le debe faltar al cronista. Señala que “ver” es diferente a “mirar”.Esta reflexión abre un abanico de problemáticas que se desprenden de los trabajos periodísticos que circulan por los multimediass.

Para concluir me queda agregar y adherir a la causa de que en la mayoría de nuestros medios gráficos como también en los más actuales medios digitales, lamentablemente, la crónica se ha convertido en un género en extinción.

Cita de Gonzalo Sánchez (Crónica: Los dueños del fin del mundo)

“La academia dirá que la crónica es una variante del periodismo llano y que se propone contar un hecho noticioso – un fenómeno, un suceso, un personaje- valiéndose de elementos de la narrativa. Pero mejor así: es prosa nerviosa, urgente y severa, afectada por la potencia de la realidad y escrita desde adentro: como vivida. Yo, cronista, estoy en medio de la crónica, la camino. Entro en la historia, la padezco, me enojo, sudo, salgo, vuelvo a entrar y la expulso como me viene. Alguien dijo que era literatura bajo presión; yo digo que es periodismo sin cáscaras”.

Es la definición de crónica que más me gusta. Me parece una pequeña tesis del género que engloba un sentimiento muy fuerte y vocacional con respecto a la labor periodística del cronista. Quizás, en lo personal, todavía no logro despojarme de lo que Gonzalo Sánchez parece mirar desde arriba, esa “literatura bajo presión”, pero creo que más allá de nuestras subjetivas aptitudes, la crónica lleva un proceso de construcción, dedicación y aprendizaje que puede ir perfeccionándose con la experiencia.

Cita de Cristian Alarcón (Crónica: Un día en la vida de pepita la Pistolera)

“La Crónica es una versión insospechada de lo real “

Esta breve definición de crónica invita a pensar varias cuestiones que tienen que ver con la mirada, con la reconstrucción de los hechos, con lo sorprendente que puede llegar a ser sumergirse en un mundo desconocido y descubrir un abismo de vivencias, sucesos, hechos, personajes y circunstancias que uno jamás hubiera imaginado.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Crónica cultural de Juan Pablo Urcola

U. N. Q. Seminario y Taller de Escritura Urcola, Juan Pablo

Crónica 1

Tres filósofos en el zoológico

Mi casa estaba llena de gente. Vecinos, tíos, primos, amigos, la habían invadido. Raquel Santander cumplía 52 años y no estaba sola, la acompañaban todo este enjambre de personas que no paraban de hablar un solo segundo. Cuando nadie se lo esperaba y utilizando mis métodos de escapismo desaparecí de la fiesta y tomé un bondi rumbo a Palermo. Pero claro, no era mi mejor día de suerte, el destino quería que estuviera acompañado y que un modo u otro sociabilizara con las muchedumbres. El bondi estaba hasta la coronilla, no cabía ni un alfiler. Entre apretujones, codazos, pataditas piadosas y sonrisitas falsas de :─ ¡Ay disculpe!─ pude llegar al zoológico. Cuando bajé todo se transformó, el cielo gris y tenebroso cambió por completo y se tornó celeste intenso con algunas pinceladas de nubes blancas, el aire contaminado por las más de 40 personas que llevaba el colectivo y que además esta herméticamente sellado pasó a ser puro, limpio y con olor a garrapiñadas de una tarde de domingo en Palermo. No sé si es el barrio, el botánico o qué pero cada vez que voy siento el mismo aroma.

Caminando por Sarmiento, encontré el Teatro que lleva ese nombre, el del prócer de las aulas, ya que estaba miré la cartelera y entre las muchas obras que se presentaban me llamo la atención una cuyo título se componía de una de las más célebres profesiones desarrollada por los griegos y una moda un tanto peculiar masculina. La obra se titulaba : “Tres filósofos con bigotes”. Entré para comprar las entradas pero la recepción estaba vacía. Como muchacho de pueblo chico, llamé con un silbido y golpeando las manos para que se dignaran a atenderme, y taconeando rapidito apareció María Elena.

* * *

María Elena es una mujer de mediana estatura, tez trigueña y con canas blancas que deja ver entre sus cabellos teñidos de rubio. Porta unos grandes anteojos de vampireza, constituidos con cristales de vidrio de botella y un gran marco dorado terminando en puntas que señalan vaya uno a saber que cosa.

─ Buenas tardes, no te vi entrar ─ me dijo asombrada.

─ No. Está bien. No hay problemas.

─ Soy Maria Elena, ¿qué necesitas?

─ En realidad vine a comprar entradas para la función del viernes, creo que es la de “Los tres filósofos con bigotes”. ─ contesté.

─ Ah, sí son maravillosos los muchachos, te digo la verdad, de todas es la que más me gusta y no es porque uno de los actores es amigo mío, no. ¿Cuántas entradas?

─ Cinco.

─ ¿Cinco? ─ se volvió a sorprender.

─ Sí cinco, una es para mí y las otros para unos compañeros que me las encargaron.

─ Grandioso, buenísimo. Son $ 150. ─ mientras me contaba que después de la función habría “unos copetines”, se acomodaba esos anteojos a abeja reina que por su gran peso se les caían a cada rato.

Luego de despedirme amablemente, y de observar un poco el lugar, volví a mi casa. El gentío todavía estaba firme como rulo de estatua, ninguno se había ido. ─ ¿La gente no tiene nada que hacer los domingos? ¡Cuándo llegaría el viernes!

* * *

Pasado el lapso de cinco días, llegó por fin el viernes. Un viernes más, lleno de cosas por hacer. No se por qué pero se me junta todo para el viernes. Leer textos, ir a la universidad, limpiar mi casa, lavar la ropa, regar las plantas, ir a jugar al fulbol con los muchachos, revisar los mails y además ¿ir al teatro? Pero bueno, si hacía mucho que no pisaba uno, ir una vez cada dos por tres está bien, por lo menos uno sale de la monotonía de hacer siempre lo mismo.

Era un día primaveral, pero con un poco de viento de más para mi gusto, llegué a la universidad y les conté a todos los que me preguntaban por qué estaba así vestido que se debía a que por la noche tenía entradas para una función de teatro.

─ ¿De teatro? ─ me decían todos.

─ Sí, de teatro ─ les contestaba, como si fuera cosa de otro mundo, che.

A las 19:15 salí de la universidad y tomé el colectivo con destino a Capital Federal. Deseaba llegar temprano para poder ver cual era la movida, haber si era movidita, movidita , movediza o no se movía nada.

Luego de deambular por los pasillos del subte de la línea D y de por fin encontrar el andén correcto, tomé este medio de transporte y llegué a Palermo a las 8:45. A las 8:48 ya estaba en la puerta del Teatro Sarmiento, es que soy de zancos ligeros. Observé que ya había gente esperando, gente de todas las edades, pero no inferior a los 18 años. Parejas, novios, matrimonios, amigos, jóvenes, viejos, viejas, compañeros de facultad, en fin mucha gente que conversaba sin parar vaya uno a saber qué cosas. Yo me acerqué a María Elena, que estaba en la ventanilla de entradas, la saludé, aunque la mosca emperatriz no me recordaba y le pregunté si faltaba mucho para que empezara la función.

─ Menos cinco, da comienzo caballero ─ me dijo.

─ Gracias, “extraña dama” ─ le respondí.

Puntuales, abrieron la sala y la gente y yo entramos. Me senté en una butaca no muy lejos del escenario, pero tampoco muy cerca porque pensé que no iba ser cosa que los actores sean de éstos que hacen participar al público y me hagan hacer cualquier gansada. Los tipos eran tres, claro como el título de la obra lo menciona; estaban tirando flechas al blanco, impactante. La obra ya había empezado, así nomás, antes que todos se ubicaran en sus asientos.

─ El mejor método para tirar una fecha y pegar en el blanco es no pensar ─ proclamaba a viva voz uno de los actores y cerraba los ojos y tiraba una flecha.

─ No ─ replicaba otro ─ lo mejor es usar la razón y dejar que la razón domine la situación.

─ Pero no Eduardo, la razón no te deja pensar, una vez que te dejás invadir por ella te destruye ─ gritaba el tercero.

La primera media hora de la función giró entorno a debatir filosóficamente el mejor método de cómo tirar una flecha y no errar al blanco. Claro, los tres personajes a demás de actores eran filósofos y estaban en su salsa. Una canción interrumpe todo, creo que era la de Leo Dan, la que dice, ….lalalalaaala….. ella estudia filosofía…… lalalara, yaralala, la, … yo en mi casa y ella en el bar, yo en mi casa y ella en el bar… Mientras sonaba el tema, los tres tipos empezaron a dar vueltas alrededor de una mesa, chasqueando los dedos. De pronto todo paró y quedó en silencio. Se sentaron y las luces menguaron. Uno de ellos, Eduardo, empezó a recitar en latín un fragmento de Sócrates, de Platón .

─ ¡Basta! ─ gritó Alfredo.

Eduardo guardó el relato en su bolsillo y los tres nuevamente empezaron a tirar al blanco. El debate seguía siendo el mismo, pero el tema en este caso era si la razón era oscura o luminosa.

─ La razón se oculta, es oscura, no irradia luz, se compone de tinieblas ─ tiraba una flecha y anotaba cuantos puntos había hecho.

─ No Leo, porque si la razón es oscura como vos decís, por qué se fundamente en el iluminismo.

─ Tanto Rodolfo como Leo están equivocados. Sentémonos y debatamos ─ dijo Eduardo.

* * *

Eduardo Osswald, Leonardo Sacco y Alfredo Tzveibel son tres amigos profesores universitarios de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires, que tomaron como profesión adjunta la actuación.

─ Es un desafío muy grande ─ me comentaba Leonardo, luego de la función ─ pero cualquier persona que se lo proponga lo puede conseguir. Todos podemos actuar sea cual fuese la profesión a la cual nos dedicamos.

Leonardo es canoso, muy canoso, tiene una barriga prominente y una nariz que llama la atención. Es uno de los tres filósofos con bigotes y uno de los más jóvenes pero con muchas horas de facultad encima. Es el más gracioso de los tres y el que llena de dinamismo la obra, trata de no dejar espacios en blanco y siempre da el pie conductor a todo lo que se dice en la obra, que por cierto el relato teatral es todo improvisado.

─ Como se habrán dado cuenta, la juventud lo ayuda, auque sus pelos no reflejen lo mismo ─ comenta Eduardo durante el copetín.

Eduardo es el más filósofo de todos, su vocación se refleja a todo momento. Flaco, alto y con poco pelo en su cabeza, desarrolla los temas que se hablan durante la obra con una profundidad veraz.

─ Pero el más veterano soy yo, no sé si ya se dieron cuenta ─ comenta Alfredo.

Alfredo es el más viejo de los tres, con sus 76 años, es el más querido de entre sus compañeros. Es alto, muy flaco, un poco encorvado y ya no se cuentan pelos en su cabeza a diferencia de sus colegas actores.


* * *

Un nuevo viejo tema interrumpe la función otra vez, no sé el nombre del tema ni tampoco quien lo canta, pero es muy pegadiza. Dejan el arco y las flechas a un costado y cada uno se sienta en una silla frente al público. Siguen discutiendo el tema de la razón y su vinculación con la oscuridad. De pronto se apagan todas las luces y la sala queda a oscuras, solo se oye a los tres discutiendo y lo hacen como por cinco minutos

─ La razón es oscura, Alfredo.

─ No Eduardo es luz.

─ Que no.

─ Que sí.

─ Que no te digo.

Un solo foco ilumina a los tres, se callan y Leonardo se para , se pone frente al público bien cerca y dice :

─ Mis padres eran muy apasionados, he aquí una carta que mi padre escribe a mi madre en febrero de 1947. ─ Leo, se pone a leer en voz alta entre risas y carcajadas del público por aquellas palabras tan melosas y ardientes de aquella carta. Se sienta.

Se para Eduardo y dice:

─ Mis abuelos eran paraguayos y desde chico en mi casa se escuchaba este tipo de música ─ se oye por los parlantes Pájaro Cantor tocado con arpas. Eduardo agarra a Alfredo y se ponen a bailar. Luego de unos minutos se sientan y es ahora Alfredo quien dice:

─ Cuando estaba en el primer años de facultad milité en un partido revolucionario de izquierda y en mi primer día como delegado un compañero me envió a una misión que tenía que cumplir sin chistar, la misma consistía en llevar tres granadas molotov en colectivo al lugar donde se realizaría una marcha del movimiento. Así que puse las bombas en una bolsa de almacén, me subí al colectivo y fui. En la bolsa llevaba tres granadas molotov, el libro rojo de Mao y el boleto de colectivo.

* * *

Fue entonces cuando me di cuenta que lo que decían en verdad era parte de sus vidas. Los relatos que los tres hombres contaron, alguna vez, sucedieron tal cual ellos los describieron. De repente y sin aviso muchos momento intensos ya marchitos de mi vida reflorecieron en mi mente y me trasportaron a aquella tarde de domingo, saliendo de la iglesia con mis abuelos, a aquella noche de invierno en que nació mi hermana, mi única hermana. Me acordé de las tardes de primavera en Zárate pescando con mi viejo, de la primera vez que me puse el guardapolvo banco para empezar primer grado, de lo enojada que se puso mi tía Margarita cuando le vomité el helado de chocolate en su vestido floreado, de mis novias, de lo feliz que me puse cuando me pagaron mi primer sueldo. Estos y muchos otros recuerdos vinieron a mí. Mi mente pasó a ser el escenario, los recuerdos los argumentos de la obra y los personajes de esos hechos incluido yo, los actores.

Los tres filósofos habían cumplido su cometido, me habían introducido en un biodrama, un género teatral que consiste en contar parte de la vida cotidiana y propia a modo de obra de teatro. Pero esta vez era mi biodrama, el de mi vida.

* * *

Estoy nervioso, ansioso, un poco asustado ─ bueno los estrenos son así ─ estuve todo el día esperando este momento y ya es ese momento. Que sea lo que Dios quiera. Ya tengo que salir.

* * *

La función está por empezar, se bajan las luces, se hace silencio y se abre el telón…

Reflexión sobre la crónica de Martín Barni

Reflexión propia del género

Martín Barni

Debo confesar que a lo largo de mi vida he hablado sobre las crónicas sin tener noción de lo que realmente significan. “La crónica, eso que aparece en algunas revistas” ¿Qué leía cuando leía alguna? ¿Estaba en presencia una entrevista o un relato? ¿Me informaba o me entretenía?

He descubierto a lo largo de este período que las cosas no son tan simples como parecen. La crónica es un género raro en su génesis, algo que jamás advertí. No soy un recurrente lector de crónicas ni lo seré. Agradezco y mucho la posibilidad de haber podido indagar y conocer a pleno las bondades que ofrece el género, y descubrir que existe algo entremedio de un informe periodístico y una narración literaria, que se puede informar y entretener a la vez. Personalmente no me atraen las crónicas serias, aquellas mas cercanas a la investigación que a lo ficcional; prefiero aquellas con mas guirnaldas que árbol de navidad. Soy amante de la literatura, es hora de confesarlo.

La crónica es un género que me ha resultado entretenido escribirlo mas que leerlo. Es como ocurre en muchos órdenes de la vida, si el tema que trata la crónica no es de nuestro agrado, nos resultará pesada. Cuando la escribo no siento desagrado alguno porque en el caso de la crónica de investigación, trataba sobre un tema en el cual me encontraba involucrado. En cambio, no me resulta atractivo leer crónicas sobre temas que jamás despertaron ni despertarán en mi interés alguno.

Al ser un acto tan personal, como lector me siento identificado con aquellas crónicas con las cuales comparto la visión del cronista. He notado que aquellas que he leído y me han gustado, es porque el cronista comprendía los hechos de la misma forma en los vería yo si estuviese en su lugar y lo relata por entonces, de la misma forma en que quizás yo podría haberlo hecho. En lo personal, sentí mayor comodidad escribiendo una crónica sobre una salida al teatro que aquella que comprendía una investigación. Creo que realmente no tengo propensión natural para escribir crónicas profundas y serias, me atraen mas aquellas que tratan sobre acontecimientos quizás banales que no profundicen sobre investigaciones penetrantes. Probablemente los resultados de la realización de ambos trabajos no sean disímiles, pero lo que relato esta relacionado mayormente con el proceso de escritura, las sensaciones como escritor.

El hecho de ser cronista ha ampliado mi mirada sobre el mundo. La crónica sobre el biodrama comenzó en el instante en que partí desde la universidad y terminó al momento de llegar a mi hogar. Lo mismo ocurrió con la profundización del tema sobre el cual había tratado mi entrevista realizada algún tiempo atrás. El alrededor me compenetraba, me absorbía; todo era útil, todo servía para contar la historia. Desde las calles, los edificios, los ruidos, los olores, las compañías, los gestos de los entrevistados, los imponderables, todo. Todo era parte de la crónica. Algunas de estas cuestiones pude plasmarlas físicamente en la escritura, otras quedaron implícitas, otras en mi recuerdo.

Agradezco a la crónica haberme aportado una nueva técnica de escritura, una nueva forma de narrar, haberme enseñado que a veces lo concreto puede tomar diversas formas; y que la realidad, puede convivir con “la realidad”.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Kimonos en la tierra roja, de Rodolfo Walsh*

KIMONOS EN LA TIERRA ROJA

Vinieron de lejos con sus tractores y sus canciones.

Nueve años más tarde enfrentan la secular desgracia del campe­sino japonés: no era esta la tierra prometida.


Sobre la tierra roja que se abre muy cerca en perspectivas de selva, las muchachas bailan vestidas con el kimono y el obi multicolores y toca­das con grandes sombreros de paja. El tiempo, el sol y el agua han propiciado la cosecha que las conmovidas voces agradecen al cielo en su canto, mientras las manos miman el movimiento de sembrar.

Las campesinas que en la media luz del crepúsculo reviven las an­tiguas invocaciones mágicas se llaman Yashiko Takeichi, Aíko Kanmuse, Sachiko Kawamura, Yoshiko Kotó, pero sobre el fondo de la fotogra­fía que registra su danza, se recorta sombrío en el cielo un lapacho.

Porque esto no es Japón. Esto es Misiones.

Cuando Pablo Alonso y yo nos vamos esa tarde de Colonia Lu­jan, llevamos la pena de no quedar más tiempo con esa gente maravi­llosa y desdichada. Y en los lugares más imprevistos me asalta la me­lodía del kono ionó haná, desgarrando la tarde; me sonrío con la seriedad imperturbable del niño Sinichi; o dialogo sin palabras posi­bles con la viejita Yatsuda que perdida quién sabe en qué brumas de separación y congoja cose sus paquetes para irse.

Es ya mucho después, traqueteando en un ómnibus por imposi­bles caminos, a la salida o entrada de un pueblo cualquiera, ocres de polvo o amarillos de tedio y fatiga, que oigo a Pablo murmurar entre sueños:

–La princesa.

Y sé sin duda posible que está nombrando a Yukíe, y que la está viendo como yo la veo, quitándose las sandalias para entrar en su cuarto, sus manos pasando los hojas del cuaderno de música o su cara bellísima diciendo palabras que nunca podré comprender.

EL PAÍS DE LA PROMESA

Sobre la ruta 14, a mitad de camino entre Posadas y Puerto Iguazú, se extienden las 3.100 hectáreas compradas en 1957 por el gobierno ja­ponés para radicar noventa familias emigrantes. El pueblo más próxi­mo es Garhuapé, y el centro de influencia Puerto Rico.

La forma en que llegó aquí Shigemori Matonaga resume la for­ma en que llegaron los demás. Campesino en la provincia de Niasaki, era dueño de cuatro hectáreas. Le ofrecieron treinta en la remota Mi­siones. ¿Misiones? Le mostraron películas en colores donde se veían naranjales parejos, suaves colinas cubiertas de pinares, arboledas de tung con sus flores rosadas. Vendió su chacra, pagó la primera cuota de la tierra desconocida que valía dos mil dólares y se vino con su fa­milia de siete personas.

Lo que no le dijeron fue que la mitad de su chacra estaba cubier­ta de monte, que las piedras que afloran en la tierra harían trizas las rejas del arado, que las lluvias arruinarían una y otra vez su cosecha de tabaco.

A Sadehiro Yamato le pintaron un cuadro aún más idílico. En poco tiempo se haría tan rico que tendría un auto negro, y su mujer un auto rojo, y sus hijos un auto verde. Tres años después mira contrito en grabador Hitachi en que va quedando estampada la historia de su desilusión.

–Yo grabador antes tengo –dice–. Vendí. Máquinas de foto, dos tengo, también vendí Radyo, motobizicureta, térra de japonés, todo vende. Este año motor vendo, nada queda.

Había traído sus máquinas, sus vehículos, sus equipos electró­genos. Hoy sólo quedan tres jeeps, un tractor. Los hombres aran la tierra con lentos bueyes, las mujeres acarrean el agua con baldes su­jetos a largas pértigas, lámparas de kerosén parpadean de noche en las casas.

–Todos pensando cómo vivir –dice en la administración este hombre de lentes redondos que enmarcan unos ojos pequeños y oscu­ros donde late una misteriosa alegría–. Colonos muy pobrecitos, si Misiones no ayuda colonia, levanta colonia.

Suso Sekiya ríe brevemente tras este enunciado dramático. Todo el mundo sabe que Misiones –que atraviesa la peor crisis de los últi­mos treinta años– no puede ayudarlos. En realidad, la colonia se está despoblando sola. El año pasado se fueron quince familias, a Posadas, a Buenos Aires, o de regreso al Japón. Este año, otras quince.

En Puerto Rico, el comerciante Osvaldo Brandt explica lo su­cedido:

–Iniciaron cultivos a largo plazo: tung, citrus, madera. Esas plantaciones rinden después de varios años. Se quedaron sin dinero, nadie los financió, debieron vender las máquinas para vivir. Es una lástima porque en poco tiempo más hubieran salido a flote.

En el invierno de 1966, el éxodo general era una certidumbre, a menos que ocurriera un milagro.

EL PÁRAMO

Llegamos por los caminos de la colonia a una chacra reducida a malezal donde vive la familia Nisiuchi. Una choza fabricada con rezagos de láminas de madera (regalo de la cercana laminadora) tiembla a im­pulsos del viento.

El padre está afuera, trabajando. La señora Nisiuchi, vestida con unos pantalones remendados, se encorva al caminar, mira de soslayo con una sonrisa desdentada.

–No hay prata –repite sin cesar, abarcando el desolado paisa­je–. Capuera todo, todo.

Ese "todo" explosivo, casi monosilábico, define el mundo redu­cido a páramo, las esperanzas perdidas en días y noches de trabajo sobre surcos y liños, la miseria ensañada en los seis chicos (dos argenti­nos) que revolotean a su alrededor.

Llegamos después a un increíble, altísimo, desventrado galpón de láminas y paja, que es al mismo tiempo casa, gallinero, secadero de tabaco. Una vieja de cabello blanco y cara dulce se pasea en la bru­mosa penumbra hendida de rayos de sol, extraviada y sola y triste co­mo un fantasma.

–Yendo –dice–. Yendo.

Es lo único que se le entiende antes que vuelva a una elegía in­sondable que recita para ella sola, caminando, tocando los cajones donde ha embalado todas sus cosas, bajo el techo altísimo, las paredes finas como papel por donde se cuela un viento agrio y frío.

Se ríe como una loca cuando descubre a Pablo agazapado tratan­do de fotografiarla. Ahora está sentada en una cama, cosiendo un pe­queño zurrón en que embala su ropa. Se ha puesto anteojos y sigue murmurando esa honda letanía, hasta que de pronto surgen nítidas en castellano esas dos palabras "Marido morir", seguidas nuevamente por el flujo indescifrable: mágoga rokuni... Esta es la señora Yatsuda, olvidada hasta de sí misma, un símbolo, una sombra, regresada a una edad infantil en que canturrea y camina por un prado, allá lejos, y es feliz porque nadie se ha muerto.

Su hijo nos cuenta la misma historia de todos. El tabaco. La lluvia. Setiembre planta tabaco. Marzo cosecha tabaco. Julio vende tabaco. Pe­ro lluvia siempre, lluvia pudre tabaco. Sonríe esa sonrisa inexpugnable, y es tal vez un momento de debilidad lo que tiene cuando dice:

–Aquí, amigos tan pocos.

En la chacra de Yatsuda, la fruta del tung se pudre en el suelo. Los que plantaron y debieron aguardar seis o siete años para cosechar, han contemplado, impotentes, la caída descomunal del precio. Yamato sacó 75.000 pesos por sus dos toneladas de tabaco, pero sus gastos del año ascienden a 200.000. Sasaki obtuvo 240.000 pesos, necesita 350.000. Nomata ha vuelto la espalda a su plantación de yerba, cuya cosecha está prohibida este año y se defiende con un pequeño alma­cén. Yamato, nuevamente, mira su pequeña plantación de yute y dice con resignado humor:

–Con yute hacer piola. Con piola, ahorcar. Pero otros resisten todavía.

LOS QUE SE QUEDAN

Frente a la casa de ladrillos y madera de Hidesaburo Hayashi, se ex­tiende la mancha negra de la fruta del tung tendida a secar. Con su mujer Yoshíe y su hijo Tomotada, tienen dieciocho hectáreas que este año dio su primera cosecha y les permitió asociarse a la tungalera de Santo Pipó. En el establo gruñen veinte cerdos y doce lechones. Los Hayashi admiten que hasta ahora trabajaron solamente para comer, pero el año próximo ha de alcanzarles para desmontar el resto de su chacra.

Ellos están a salvo.

También parece estarlo este anciano salido de una estampa que camina doblado en inverosímil ángulo recto. Se llama Takahei Shin y tiene 75 años. Sus hijos nos dicen que aún no piensan irse. Estuvieron cuatro años en Santo Domingo y se vinieron porque había muchas re­voluciones. El viejito entra en la cocina, se arrima en cuclillas al fue­go donde hierve una olla negra, y la sonrisa con que dice "Gracias" cuando nos vamos parece también animada por un antiguo fuego.

En el patio de la familia Ida hay un jeep, y en el interior de la ca­sa la familia termina de almorzar: la sopa de puerros (misusiru), el arroz con palitos, y a modo de té, un mate cocido verde y transparente en jarritos de porcelana.

Harumi Ida tenía dieciocho años en 1937 cuando fue a pelear a China como soldado raso. Cuatro años después regresó a su patria y quedó de guarnición en Shikoku hasta el fin de la guerra. Cuando vol­vió a su ciudad natal, su casa no existía y su familia había muerto. La ciudad era Hiroshima.

En la casa de Harumi, uno entra con la prisa algo insolente que demanda un fatigado oficio; sale haciendo instintivas reverencias y juntando los pies. Hay algo intangible que va más allá de la certera cortesía de cada movimiento, cada palabra, como si entre estos cam­pesinos la palabra cultura reasumiera su significado original.

Les pedimos que canten y vemos, ya sin asombro, que los cinco miembros de la familia leen música. Ahí están todos juntos alrededor de la mesa, el reposado Harumi, la apacible señora Yoshiko, la her­mosa Yukíe, el serio Ryuske y el joven Shogi pulsando una guitarra. Unidos de pronto en el recuerdo del país que dejaron, cantando con voces tiernas y afinadas a la luna que asoma sobre el viejo castillo en ruinas: Kosyo no tsuki.

La familia Ida llegó hace apenas un año. En ellos las esperanzas están intactas, como los tabiques de madera de su casa, el motor eléc­trico, el jeep, la firme sonrisa de Harumi y sus hijos.

SINICHI Y COMPAÑÍA

En la galería de la escuela, Kasuya Hoka nos habla en un castellano claro aunque sacudido por corrientes eléctricas. Kasuya tiene diez años, una belleza de porcelana y una malicia jocunda y desaforada.

Por el camino se acerca una pequeña silueta, con su portafolios bajo el brazo.

–Ahí viene Sinichi –dice Kasuya.

–Ah –le respondo–. ¿Es tu amigo?

–No –dice Kasuya–. Es Sinichi.

–Pero es tu amigo.

–No –dice Kasuya–. Es mi enemigo.

A diferencia de Kasuya, Sinichi tiene una seriedad impávida. Camina y se mueve con cierta rigidez ceremoniosa que ya es elegan­cia ancestral.

–Buen día, Sinichi –le digo.

Los ojos de Sinichi se dilatan de asombro (no hemos sido pre­sentados). Parece que va a sonreír, pero se contiene y es apenas un gesto imperceptible de diversión e intriga lo que se dibuja en sus la­bios. Hace una pequeña reverencia y contesta:

–Buen día.

Sinichi tiene doce años. Lleva la casaca negra, abotonada hasta el cuello con dorados botones repujados de emblemas, que usan en su país los escolares.

–Así que Kasuya es tu enemigo –le comento.

–No –responde Sinichi–. No es mi enemigo.

–Él dice que sí.

–No –dice Sinichi–. Es medio enemigo. En el Nordeste argentino los maestros rurales están acostumbra­dos a resolver problemas difíciles. Quizá ninguno más arduo que el que se les presentó a los esposos Kiang cuando en 1963 se hicieron cargo de la escuelita provincial número 86, que sirve a la colonia. Cé­sar Kiang es argentino y desciende de japoneses de Okinawa, pero no hablaba una palabra de japonés. Su mujer, Myriam Acevedo, es correntina.

Los chicos no entendían castellano y la comunicación con ellos parecía imposible.

–Les contaba cuentitos, siguiendo el método común –recuerda Myriam–. Yo veía esos ojos enormes y fijos, después los primeros bostezos. No comprendían nada y se aburrían. Apelé a los dibujos y las cosas mejoraron. Pedí diccionarios y poco a poco aprendí el japo­nés. Hoy los chicos de sexto grado estudian con los de primero infe­rior y les sirven de intérpretes.

El hijo mayor de los Kiang tiene ocho y estudia en la misma es­cuela con los sesenta japonesitos. Se llama César Antonio, pero ellos lo han rebautizado Koshi. Resulta curioso oír a este pequeño correntino de pelo rubio hablar en japonés con sus compañeros. Por supuesto Koshi está desarrollando precoces aptitudes filológicas. Gozosamente nos explica que "Aña" quiere decir diablo, tanto en japonés como en guaraní.

El éxodo de la colonia preocupa a los Kiang.

–Ahora que las cosas iban bien en la escuela –comenta Cé­sar– empiezan a irse.

VOCES EN EL CREPÚSCULO

Hay una flor (decía la canción) que crece igual que las demás pero sin que nadie la vea y que muere con lágrimas. Es la flor del primer amor.

Hubo un samurai que volvía de tierras lejanas con su compañero herido y juró morir con él, y al pisar su patria se hizo el harakiri junto al cadáver del guerrero.

Hubo un guardafaro que tenía una hija, y la hija contemplaba to­das las tardes el mar por donde debía venir su prometido que nunca volvió.

La tarde se desgrana en antiguas canciones, lentas y mágicas danzas sobre la roja tierra misionera, brillos de marfil de las manos, belleza hierática de las caras, esplendor de las sedas bajo el último sol. Una sombrilla roja está caída en el suelo. Aíko Kanmuse baila por última vez con sus compañeras. Mañana se irá para Buenos Aires.

En las sombras iniciales de la noche flotan con punzante ironía las palabras extrañas que agradecen a la tierra la buena cosecha. Por­que eso, también, parece ahora una leyenda.



*Publicado en El violento oficio de escribir, editorial Planeta 1995.

jueves, 28 de agosto de 2008

Teatro

Dejo algunos datos sobre la propuesta de realizar una crónica a partir de asistir a uno de los biodramas de Vivi Tellas. No sé si harán descuentos para estudiantes en este teatro. Les recomiendo llamar y preguntar.

Obras: Disc Jockey, Mujeres guía, Escuela de conducción, Tres filósofos con bigotes.
Días y horas: jueves, viernes, sábado y domingo a las 21 hs.
Teatro Sarmiento
Av. Sarmiento 2715 (plaza Italia)
Capital Federal
Tel: 4808 9479
Más info: http://www.alternativateatral.com/ficha_persona.asp?codigo_persona=900

Les recomiendo leer la crónica Laura en el Malba, de un tallerista del año pasado, para orientarse en el tipo de crónica que les pido.

sábado, 28 de junio de 2008

Crónica de Eduardo Guzmán

Barrio Tomado

Llegaron las noches de las sillas en la vereda; de las familias estanca­das en las puertas de sus casas; llegaron, las noches del amor sentimental de "buenas noches, vecina", el político e insinuante “¿cómo le va, don Pascual?". Y don Pascual sonríe y se atusa los "baffi", que bien sabe por qué el mocito le pregunta cómo le va. Llegaron las noches...

Roberto Arlt. Silla en la vereda.

“Permitido intervenir” dice una señal de tránsito. Una de esas con forma de rombo, fondo amarillo, contorno y letras negras. La leyenda se observa debajo de una “M” que genera cierta incertidumbre. A media cuadra, en el garaje de una casa estilo “chorizo” con ansias de ser remodelada, un joven guitarrista interpreta una obra de su autoría. Algo de tango, algo de jazz. Una señora con su bolsa de mandados cargada con lácteos y pan lactal se pierde en las notas de la guitarra. Más acá y más allá, en el barrio Meridiano V de la ciudad de La Plata, artistas de distintas disciplinas ofrecen su gracia de una manera no convencional. Es la IV Muestra Ambulante organizada por el Colectivo la Grieta.

- Nuestra consigna en esta muestra ambulante es Otra silla en la vereda, en apelación a la aguafuerte de Arlt, Silla en la vereda. La silla en la vereda es el chusmerío, pero también es la pregunta por el vecino, la oportunidad para que los chicos jueguen en la calle-. Esteban Rodríguez Alzueta es parte del colectivo La Grieta. Pelo ondulado y abundante, anteojos, bermudas y remera de nirvana. Continúa - nosotros vemos que no están los chicos jugando en la calle porque no están los viejos, porque no hay nadie mirando, cuidando, hablando: faltan técnicas colectivas de cuidado. Eso antes llegaba naturalmente porque la gente habitaba la calle. Nos interesa recrear vínculos sociales, a partir de reabrir esos espacios públicos, como espacios de encuentro. Recrear esos lazos sociales que se fueron rompiendo con la historia Argentina que nos toco vivir-.

En la carnicería de 17 entre 67 y 68, una vaca de cartón detrás de un nylon es un mapa de la provincia de Buenos Aires. Chaves está a la altura del costillar. Olavarría desdibuja la frontera entre el lomo alto y el solomillo. En la pared de la panadería de 18 entre 67 y 68, tres dibujos de facturas representan a la policía, a la iglesia y al ejército. Vigilante, bolas de fraile, cañón de dulce de leche. Más abajo el símbolo de los anarquistas pintado en fucsia. En una vitrina el motivo se repite en dos roscas de bizcocho. Un nicho de la Virgen de Luján en el hall de la ex Estacón Provincial fue modificado por Carolina de nueve años quien reemplazó la estatuilla por una muñeca de su producción.

Garajes abiertos. Talleres para grandes. Talleres para chicos. La gente se acerca. Teatro, cine, danza, música, plástica, literatura. Globos y barriletes. Rayuela, elástico y pelota. Las calles son testigo y los protagonistas se multiplican. El orden se subvierte. Permitido intervenir: el barrio está tomado.

***

- Por una muñeca me hice chiquitiiiin- Pablo Dacal y la orquesta de salón tocan en el Galpón de encomiendas y equipaje.

Una pareja baila en medio de la gente. Él es alto y desgarbado y abraza desde atrás, algo agachado, a una petisa con físico de gimnasta. Cuando termina la canción se sueltan un poco para aplaudir.

- Uh, ahí está Laura- Joaquín, amigo de la secundaria y compañero de recitales ve a su ex novia en la zona de la barra. Estudiante crónico de Derecho y violero autodidacta, se peleó con Laura hace unos cuantos veranos. Cada vez que la cruza a la noche, se va con ella. Cada vez que se va con ella, le duele la cabeza toda la semana.

- Muero de amor como al pasar pero tu voz… resiste las horas- Dacal y su guitarra se hacen cargo en soledad de este tema. La orquesta se relaja.

La petisa se da vuelta y canta mirando los ojos de su chico. Joaquín me pide la llave del auto para ir a buscar no sé qué y me pregunta si quiero un fernet. Pasan los minutos y no hay señales de él ni de mi trago. Me acerco a la barra, forcejeo amistosamente con dos chicas y pido un gin tonic. Al costado un flaco prende un porro. – ¡Juventud descarriada!- le comento a una de las chicas que me mira como si la hubiera insultado. Intuyo que el forcejeo no fue tan amistoso. Lo confirmo segundos más tarde cuando la otra, luego de conseguir su vaso de cerveza, apoya con fuerza su taco sobre mi pie izquierdo y no me pide perdón.

Después de varios temas con la orquesta, Dacal se corta de nuevo con su guitarra. Arpegios.

- Ahhhh- a la tercera nota, la que me pisó reconoce el tema. Pienso cómo la misma persona puede conmoverse con el tono intimista de “La era del sonido” y pisarme tan brutalmente. Voy a decirle algo, pero Dacal tiene razón y ya lo perdido es perdido. El recital termina y no hay señales de Joaquín. Al otro día me enteraré de lo obvio: Laura.

- A 1 y 54- le digo al taxista, aguantando el bostezo.

***

- Es tempera y acrílico – El artista plástico Sanpoggio me cuenta que esos son los materiales con los pintó la vidriera del bar Bronson en 17 y 69. Es una especie de franja que cruza todo el frente del local. Sillas, cubos, cabezas de pollitos y otros motivos.

Sanpoggio está sentado en el cordón de la vereda, comiendo un alfajor triple de chocolate. Bermuda cargo verde militar, remera blanca cruzada por una infinidad de rayitas azules a un dedo y medio de distancia entre ellas. La cerveza que uno de los chicos del bar nos alcanza está helada. Él no acepta el primer trago porque quiere terminar primero el alfajor. Es mi turno. Seguimos charlando.

- ¿Qué te parece la propuesta de la Muestra ambulante?– le pregunto.

- Es interesante. El trabajo artístico es generalmente asociado sólo a ámbitos específicos. La muestra ambulante propone su integración en un contexto social abierto en el que el barrio en sí se transforma. Una muestra donde arte, cooperación y trabajo se unen–. Su respuesta, pausada, remarca cada punto. Ahora sí toma la botella y la empina con destreza. En el transcurso de la charla alrededor de una decena de personas se detuvo frente a la vidriera del bar.

Muchas personas se detienen frente a la vidriera. Se destaca un hombre de unos sesenta años, bicicleta semicarrera, equipo deportivo, pantalón metido en las medias. Casi media hora de contemplación. Sanpoggio empieza a dudar de la profundidad de su obra y sospecha que el hombre está tomándose un respiro del pedaleo. Una chica se acerca. Rubia y bajita, jeans cortados a la altura de la rodilla. La novia de Sanpoggio. Beso en la boca. Presentación. Se llama Vanesa. Nuevo beso, esta vez más largo. Abrazo. Nuevo beso. Es el momento de irme. Me despido, con un “nos vemos” que se concretará el sábado siguiente en otro bar de la zona. Sanpoggio estará tomando una cerveza con un flaco de unos cuarenta años y pelo desprolijo. Max Cachimba.

***

- ¡Coooompre su rifa! ¡Coooompre su rifa! Este cordero que mi amigo el Ratón está asando para el número ganador- Un sulki tirado por un caballo cansado lleva al Ratón Losada y al gordo Juan Bruno por las calles de Meridiano V. Hombres del teatro under, un asador y un cordero. El olfato se apodera de mi sistema nervioso. Compró cinco números a dos pesos la unidad. El olfato se apodera del sistema nervioso de varios que ahora rodean al sulki y gritan números. De atrás se acerca Raúl para ayudar a los muchachos. Almacenero, 51 años, bigotes, calva incipiente. Jogging azul marino, remera blanca y zapatillas.

- ¡Veintidós, quiero el veintidós!- grita un pibe con la remera de Gimnasia.

- El locooo- responde Raúl.

- ¡El cincuenticuatro!- solicita una chica alta, embarazada de pocos meses.

- Mirá que es un cordero- bromea Raúl.

- ¡Para mí el cuarentisiete, viejo!- pide, Susana, su mujer.

- Me toco el izquierdo. Sos fúnebre, Su- le reprocha entre en serio y en broma el almacenero.

Los gritos se multiplican. El conocimiento de los números de la quiniela y los sueños de Raúl es total. Me acerco al gordo para preguntarle a qué hora van a hacer el sorteo.

- A eso de las diez. A esa hora más o menos va a estar listo-. El gordo es un personaje peculiar. Es actor y músico, tiene un programa de radio y milita en una agrupación barrial. Lo invito a tomar una cerveza al bar de la esquina. El Ratón y Raúl se encargan de las rifas. Con el gordo nos hicimos amigos a fuerza de asados y cumpleaños en lo de una amiga en común.

A las ocho de la noche ya casi no es de día, pero la inminencia del verano se materializa en la luz anaranjada del sol que se esconde. Muchos chicos juegan a la pelota, otros dibujan. Los menos miran a una estatua viviente.

- ¿No estás en ninguna obra de las que se presentan?- le pregunto. El año pasado junto a dos amigos realizaron una obra que se llamaba Argentina, tracción a sangre.

- No. Este año estoy con la radio. Ahora estamos con lo de cordero, pero después vamos a hacer la radio. Cargamos la pc, un pequeño grupo electrógeno y amplificadores. Hacemos la radio caminando. En realidad el sulki es para la radio. Lo usamos ahora para la rifa, pero la idea es hacer la radio ambulante-. El entusiasmo en la cara del gordo parece el de un nene al que le regalan su primera bicleta.

- ¿Alguna obra para recomendar?-.

- Si te digo te miento. No vi ninguna. Yo trataría de ver todas, hay mucha gente amiga que hace buenas cosas. Está el Cabe Mallo, el grupo del teatro aéreo. ¿Sabés qué va a estar muy bueno? Lo de la compañía El pingüinazo. Hacen teatro con objetos. Son de Rosario. Es alucinante.

Le pregunto por su novia, cómo anda. La cara se le transforma. Olvidó que tenía que encontrarse con ella hace media hora. A la semana siguiente me voy a cruzar con la radio ambulante y el gordo caminando detrás del coqueto sulki. Micrófono en mano me va a dedicar un tema de Soda Stereo, Persiana americana creo. Mientras un hombre de unos setenta años le preguntará si no tiene nada de Julio Argentino Sosa.

***

La muestra tuvo lugar entre fines de noviembre y principios de diciembre de 2007. Durante dos semanas, el barrio pintó su cara y vivió a un ritmo diferente. Lentamente las cosas fueron volviendo a su lugar, aunque probablemente ese lugar no sea el mismo. Para algunos la muestra fue la oportunidad de darse a conocer, para otros la posibilidad de conocer más a sus vecinos. Para los más chicos significó prolongar su estadía en la vereda. Para los más grandes reencontrarse con tiempos perdidos en la vorágine de la vida moderna. Para Joaquín fue el comienzo del fin con Laura, cuando conoció a la prima de la panadera.