sábado, 28 de junio de 2008

Ensayo de Leonardo Murolo

Noventa y diez

por Leonardo Murolo

leonardomurolo@hotmail.com

“Escribe. No hagas nada más”

Marguerite Duras

Es conocido, difundido y aceptado el viejo dicho que define el arte de la escritura como un compuesto de diez por ciento de inspiración y noventa de transpiración, por ello creo necesario ocuparme de desentrañar su veracidad.

Cuando tomo estos términos y hablo de transpiración, la entiendo como el trabajo que desempeña un escritor sobre los temas que le toca o elige escribir; mientras que el otro diez por ciento, el de la inspiración, está ajeno a él y quién sabe de donde proviene. Así, esta receta proverbial del 10 por ciento inspiración + 90 por ciento transpiración = obra se traduce en un gran tema proveniente de las musas y trabajado por el autor hasta considerarlo acabado.

Este trabajo se basa esencialmente en decisiones, de allí que es inexorable que haya una idea macro sobre la cuál comenzar a decidir. Sin dudas, las musas -si existen- le dan algo así como el conato aurático de arte que toda obra debería poseer. Las musas serían el alma de las obras, esa intangibilidad que no puede hacerse visible en el momento de describirlas, de contar de qué tratan. Pero con ello no queda definido, ¿Las musas pertenecen al terreno metafísico, un día llegan, depositan un tema desnudo en la imaginación del artista y se van dejando el resto en sus manos? ¿O no existen, y la imaginación es en realidad la verdadera musa interna del artista que dicta los temas de la obra? La actividad creadora uno puede proponérsela acostado en el césped, tomando un vaso de agua, escuchando la música preferida o durmiendo, como también puede irrumpir en medio de cualquier otra actividad exigiendo ser plasmada o condenada al olvido.

Esta carga mágica, casi inexplicable, de las obras, la noto en imágenes fuertes, fugaces en el relato pero eternas en la memoria, esos golpes a los sentidos que emocionan y hacen pensar, que tienen mucho de arte, de inspiración, de único. Sin desconocer este aspecto, pero tampoco centrándolo como la obra toda, me planteo mostrar cómo esas improntas que dejan traslucir las ideas del artista fueron adornadas, pulidas, aseadas, creadas a su vez con esfuerzo y trabajo. En definitiva con toda una actividad racional que buscó ese efecto.

Un autor que todos conocemos, Edgar Allan Poe, contó en su Método de composición que cuando se propuso componer El Cuervo -uno de sus más célebres poemas- pensó en primer término en elegir un tema universal y entendible por todos los seres humanos, cayendo en la cuenta de que el conveniente sería la muerte. Luego se dispuso a armar alrededor del tema un relato que contuviera los condimentos lúgubres y místicos que merece. De allí surgió que una frase se repetiría de modo sistemático y aterrador; una frase que repetiría un ser extraño, un oscuro compañero de soledades, en este caso, de la nueva soledad del angustiado protagonista. Fueron ideas la oscura historia prefigurada, la constante de la frase y que sea un ser que acompañe, acentuando la soledad y quien insista con ella; su contenido, fueron las decisiones. Poe decidió el nevermore, y que el cuervo fuera un cuervo y no un loro porque prefería un pájaro negro.

Poe se sitúa en el lado de la transpiración cuando supone que tanto el tema como los personajes, e incluso el modo de conectarlos, son elecciones. Con ello deduzco que las musas -si existen- y la inspiración pertenecen a un estadio azaroso que ni el mejor escritor puede proponérselo. Con esta receta me aproximo a la ardua tarea de componer un escrito. Supongo que: 10 por ciento tema (dado por la imaginación o las ideas) + 90 por ciento decisiones = obra.

Me pregunto por el talento del escritor; sumo al conocimiento del oficio lo indiciario, el saber sin haberlo aprendido en un manual y me pregunto también si hay recetas absolutas para componer un texto sin contar el talento. Al menos me doy cuenta de que las musas son otra cosa.

Un prolífico novelista como lo es Stephen King sostiene que un escritor es un trabajador constante. Lejos de su actividad mercantil actual, al finalizar su primera novela, Carrie, se había dado cuenta de que en su flamante obra de terror no había ni una gota de sangre; la revisión y la posibilidad del cine llevaron a que tomara la decisión de rescribir pasajes y teñirlos del marketinero color rojo. Asimismo cuenta en su autobiografía intelectual, Mientras escribo, que su personaje condenado a muerte de The green mille, John Coffey, llevaba otro nombre cuando decidió otorgarle las mismas iniciales del condenado a muerte más famoso de su país. A él, como a tantos escritores, se los reconoce como intensos investigadores antes de emprender una novela, al desplegar un saber superior que el enciclopédico en temas legales, históricos, filosóficos, religiosos, a la vez que dejan para el momento de la revisión el estadio de adornar con simbolismo la historia. El primero de los recursos de escritura que nombro es necesario para poder emprender una historia interesante y sin mentiras o falsedades sobre algún tema específico; el segundo, es un condimento esperado por lectores de determinados géneros.

De King rescato que aunque dice escribir diez mil palabras por día, sostiene que escribiendo sólo mil diarias, en siete meses se tiene una novela. Entonces: 10 por ciento tema (dado por la imaginación o las ideas) + 90 por ciento decisiones + 1000 palabras por día (a razón en 8 horas de trabajo como todo proletario) + 7657 golpes al teclado – 1 hora de descanso + un vaso de agua o whisky, según el caso = obra (en 7 meses). En materia numérica esto es cierto, y una vez más, lo que se escapa del cálculo son las primitivas musas que revestirían de aura a esa obra. ¿Puede haber obras calculadas? ¿Puede haber obras sin musas? ¿Son siempre necesarias?

Raymond Carver sostuvo que “La ambición y un poco de suerte son cosas buenas para un escritor. Demasiada ambición y mala suerte, o falta total de suerte, pueden ser letales. Tiene que haber talento” y agregó: “Algunos escritores tienen abundancia de talento; no conozco a ningún escritor que carezca de él. Pero una única manera y exacta de mirar las cosas, y encontrar el contexto apropiado para expresar esa manera de ver, eso es otra cosa”.

Lo dice alguien que supo ver en historias pequeñas la grandeza de un relato. Por ello, tendría que tener en cuenta el condimento que me agrega: ambición y buena suerte, claro que como esta última no viene dada en el escritor, se requiere de talento.

Sabía que algo le faltaba al autor anterior: 10 por ciento tema (dado por la imaginación o las ideas) + 90 por ciento decisiones + 1000 palabras por día (a razón en 8 horas de trabajo como todo proletario) + 7657 golpes al teclado – 1 hora de descanso + un vaso de agua o whisky, según el caso + ambición y buena suerte o en su defecto talento (nunca falla) = obra (en 7 meses)

Las musas de Rodolfo Walsh, al escribir Esa Mujer, lo visitaron con la magia en sus manos un día de 1961 y otro de 1964. ¿O fueron sus ideas? “Comencé a escribir Esa Mujer en 1961, lo terminé en 1964, pero no tardé tres años, sino dos días: un día de 1961, un día de 1964. No he descubierto las leyes que hacen que ciertos temas se resistan durante lustros enteros a muchos cambios de enfoque y de técnica, mientras que otros se escriben casi solos”, sostuvo. ¿Walsh hablaba de transpiración o de inspiración? Se está refiriendo a ambas: lo que llama “tema” no es otra cosa que las ideas, el fruto de la inspiración; lo que denomina “escribir”, refiere a lo corpóreo que se traduce en trabajo de escritura. De este modo, cuando habla de aquellos temas que tardan en ser escritos se refiere a ideas sobre las cuales no se ha meditado hasta el punto de hallar el modo buscado y correcto para expresarlas. Estos cambios de enfoque y técnicas a los que aludía demuestran un constante reflexionar alrededor de las ideas que consideraba parcas y enojadas con la posibilidad de hacerse escritura. Una idea fue el título “Los oficios terrestres”, fue, asimismo el nombre de uno de sus libros. Sin embargo el cuento que lleva ese nombre apareció tiempo después en otra obra de Walsh. Aquel cuento, según el autor, “no se dejaba escribir”, aquél cuento, aquella idea, debió ser trabajada y trasladada desde su morada inconsciente y mental, hasta convertirse en palabras plasmadas con sonido, con forma, seduciendo en el papel. El gran escritor argentino se refería a un constante trabajo milimétrico hasta hallar el cómo-contar deseado.

Walsh es el ejemplo paradigmático de la inteligencia práctica y abstracta al servicio de la escritura. En cuentos como Cartas, Fotos, o Nota al pie, explora formas y trasgrede géneros. Utiliza diálogos comenzados e inconclusos; cartas escritas con errores de ortografía, respetando el hablar de sus personajes; describe fotos, carteles; habla de lo cotidiano y lo filosófico a la vez y separado, dejándonos pensando. Son decisiones. Decir que sus musas le dictaron una sola palabra es minimizar su grandeza. Es su inteligencia. “Mi primer libro fueron tres novelas cortas en el género policial, del que hoy abomino. Lo hice en un mes, sin pensar en la literatura, aunque sí en la diversión y en el dinero”, dijo.

Con Walsh, enarbolando la bandera del trabajo en la escritura artística, podría afirmar que las recetas no existen, que no hay medidas, ni pizcas de habilidades secretas, ni ingredientes mágicos que nos provean de la cantidad necesaria de ideas para germinar aquel violento oficio de escritor que él llevaba en la sangre. Me doy cuenta de que un escritor puede conocer todas las reglas ortográficas de su lengua, como también la gramática, la semántica, la sintaxis, y a la vez carecer de una inventiva para la escritura. Este escritor sería un excelente corrector, quizás un buen traductor, un redactor aceptable, pero cuando hablo de decisiones las empariento con toda una actividad racional y laboral al punto de transpirar, de cansarse, de dolor, de sueño, de sed, de hambre delante de hojas de papel y lápices, delante de un monitor y un teclado, hablo de imaginación, de memoria, de asociación, de calcular efectos. Todos estos componentes de la inteligencia que requiere el escritor, distan de un halo de inspiración divino que dicte palabras tras palabras cual poema griego compuesto para los dioses. El talento se asemeja más a la inteligencia, a la habilidad sumada a lo innato que a una fuerza externa que nos regale un tópico sobre el cual crear. De todo esto: 10 por ciento tema (dado por la imaginación o las ideas) + 90 por ciento decisiones + 1000 palabras por día (a razón en 8 horas de trabajo como todo proletario) + 7657 golpes al teclado – 1 hora de descanso + un vaso de agua o whisky, según el caso + inteligencia cantidad necesaria (o según con lo que se cuente) = obra (en 7 meses o en 2 días o en 1 mes si son tres novelas policiales).

Quizás aquél diez por ciento intangible hizo que Truman Capote un día decidiera escribir sus conversaciones cotidianas con sus amigos, con sus vecinos, con su dentista. Pero tuvieron que pasar años, reescrituras, una depresión, un enojo consigo mismo, una crisis como escritor, la necesidad de bucear entre nuevas formas de escritura, hasta convertir esos textos llamados Plegarias escuchadas en su libro Música para camaleones, un compendio que contiene una visible búsqueda de innovación y un refinamiento en la escritura que llegó a conformar a su inconformista autor. Mediante lo que Capote llama sus “tareas literarias” como son “el aprendizaje en el altar de la técnica, de la destreza; las diabólicas complejidades de dividir los párrafos, la puntuación, el empleo del diálogo. Por no mencionar el plan general de conjunto, el amplio y exigente arco que va del comienzo al medio y al fin”, se situó en el mundo literario como un pionero del non-fiction en Estados Unidos.

Reflexionaba sin cesar sobre el estado de los géneros literarios y periodísticos. Sus entrevistas contenían una confluencia de géneros en los que se hallaba, como en Una adorable criatura, la entrevista que le hizo a Marilyn Monroe, una estructura de obra teatral, zonas narrativas, pasajes de descripción y diálogos fluidos sumamente trabajados, un cuidado estilístico que se percibe en cada palabra. Asimismo A sangre fría, que fue fruto de la labor de casi una década, puso al descubierto que el trabajo en la escritura puede llevar a romper barreras tales al punto de emparentar al periodismo con el arte. Sería así: 10 por ciento tema (dado por la imaginación o las ideas) + 90 por ciento decisiones + 1000 palabras por día (a razón en 8 horas de trabajo como todo proletario) + 7657 golpes al teclado – 1 hora de descanso + un vaso de agua o whisky, según el caso + inteligencia cantidad necesaria + reescrituras + una depresión + un enojo consigo mismo + una crisis como escritor + bucear entre nuevas formas de escritura + el aprendizaje en el altar de la técnica, de la destreza + las diabólicas complejidades de dividir los párrafos + la puntuación + el empleo del diálogo = obra (en 7 meses o en 2 días o en 1 mes si son tres novelas policiales o casi una década si es non-fiction).

No. No hay recetas: 10 de tema + 90 de decisiones = Obra, no es cierta; ninguna es cierta. Entonces, si me despojo de las musas como las hadas que me regalan el tema sobre el que tengo que escribir, y le atribuyo ese papel a la imaginación y a las ideas, es decir, si aquél diez por ciento no está fuera de mí sino en otra parte de mí mismo, el 100 por ciento soy yo mismo. De allí, con mi inteligencia podría imbuirme en estrategias de composición, tener conciencia de mis futuros lectores, planificar la estructura de mi escrito, releerme y corregirme hasta el hartazgo. Sin embargo, todavía me falta contar con el talento necesario para pilotear el difícil camino de las decisiones de escritura, aún contando con los conocimientos duros del oficio. Esta parece ser la tercera pata de una mesa inconclusa. Esta musa interna, menos impalpable que aquellas se convierte en la esencia de un buen escrito.

Sólo una palabra, un sonido, una voz, un aroma, un nombre, pueden influir en que un experimentado escritor componga una obra. Es conocido el caso de Paul Mc Cartney a quien sus musas le dictaron la letra de Yesterday en medio de un sueño y al despertarse la escribió toda de una sola vez. Sin embargo, Mc Cartney, escribió más de quinientas canciones, seguramente, en su mayoría sólo con: un papel + un lápiz + inteligencia + cantidad necesaria de talento + transpiración e inspiración: ¿noventa y diez?.

Crónica de Oscar Lampón

Solano City

Las Fisuras


Desde la mañana y hasta la tarde, se va acumulando humedad sobre las rocas, el rocío se va metiendo entre los poros, los intersticios, las fisuras. Al llegar la noche, con las bajas temperaturas, el agua se congela y al aumentar su volumen rompe la piedra ...

Salida

A las doce del mediodía, de ese soleado sábado de agosto acompañé a mi hija Verónica (25) , a conocer la feria de Solano. Como es costumbre en nuestros paseos el uso de la bici, accedió amablemente a recorrer los diez kilómetros que separan la feria de nuestro domicilio.

Tomamos la avenida Triunvirato hasta Camino General Belgrano, y de allí, siguiendo hacia el oeste, por la Avenida San Martín . Al cruzar la avenida Mosconi, un agua jabonosa circula sobre un asiento de verdín a los lados de la calzada, señal de que el barrio no tiene cloacas. Tratábamos de mantenernos alejados pero , de tanto en tanto, el tráfico nos empujaba hacia el verdín.

Una papelera a la vera del pululante arroyo Las Piedras, con montañas de papel viejo para reciclar, nos da la bienvenida. Algunas casas están mucho más altas que la calle a manera de protección de inundaciones. Atrás de las fábricas, perros sueltos se mezclan con chicos que juegan entre ropa tendida.

Cada tanto, grandes locales de productos alimenticios, talleres de vehículos, o corralones de materiales para la construcción, se van intercalando con clubes de fútbol, iglesias “evangélicas”, agencias de autos, compra de metales y viviendas de diferente formato y color. Por la calle entre camiones de gran porte, grúas y máquinas viales circulan los carritos de los cartoneros. Frente a un depósito de cartón, un hombre está mojando la carga de papel que contiene su camión, para aumentar su peso...y su ganancia. El chorro de la manguera casi nos moja.

Una muchedumbre nos anunciaba la cercanía de la feria. Unas cuadras antes de llegar, atamos las viejas bicicletas en un poste de alumbrado, frente a una remisería.

-¡Ahí no, que molestan!, era la voz de un remisero que estaba dentro de la agencia y no veíamos por causa de un cristal espejado y no tan limpio.

Sin cuestionar nada nos fuimos unos metros mas adelante y las atamos en otro sitio.

-No digas nada, porque sino capaz que las desinflan. Esto es como una pequeña guerra, donde los espacios se defienden a capa y espada- le digo a Verónica.

El grueso de la feria se encuentra sobre la Avenida Donato Álvarez. La Avenida San Martín, es un acceso ágil, que al llegar a las vías del tren Provincial nos permite acercarnos a la parte marginal de la feria, sin tener que recorrer las 20 cuadras de la feria “oficial”.

La Feria “oficial” está dividida en sectores no muy bien definidos: tiene unas diez cuadras de lo que sería la feria con negocios formales (por negocio formal entiéndase a un chango, o trailer donde se exhibe la mercadería, este sector cuenta con el permiso correspondiente y acata las medidas que reglamentan a los feriantes), luego en otras diez continúa la feria, con lo que se conoce como la cola de la feria, (aquí operan licencias vencidas o documentación parcial), en estos puestos ya se notan algunas diferencias como mercadería de menor calidad, o incompleta- talles que faltan, pocos modelos o colores, y el tamaño de los puestos es variable, con un tanto más de desorden. Continuando por “la Donato Álvarez”, hacia el norte, llegamos a la Avenida San Martín, transcurridas unas cuadras nos encontramos en plena feria marginal.

La forma

Aquí ya resulta difícil contar cuántas calles ocupa, además es variable, según la hora, según el día.

Esta parte de la feria (como la marginalidad), se va ramificando a los costados de un arroyo, sobre las estrechas veredas de los puentes, por los recodos de veredas inexistentes, por las calles de tierra intermedias, los puestitos –algunos simplemente una manta en el suelo donde colocan los cacharros-formando sinuosas caravanas, como meandros, pueden adquirir la forma de U, de caracol, o cualquier otra.

Hay segmentos en que el público parece estar jugando a la rayuela entre la mercadería que se ofrece. No hay un puesto de ventas delimitado, ni siquiera un pasillo para el paso del público definido. La feria se va agrandando a medida del éxito de concurrencia de ese sábado o del aumento de las necesidades de los eventuales “feriantes”. Tienen en exhibición a la vista del público y autoridades , el carnet que les permite el uso de las “instalaciones”. El carnet de pobre. El carnet de pobre que atraviesa sus mercancías y sus miradas.

En la feria

Ese día, el público era una interminable cadena humana de tres o cuatro filas de personas que avanzan, se detienen compran, se prueban, consultan .Seguramente ha sido día de cobro, existía buen ánimo entre comerciantes y público.

La estridente cumbia villera se mezcla con llorosos chamamés. El olor a fritura de empanadas, de choripán, de pizza, locro, asado, milanesas, en fin, todo lo que la gastronomía ambulante pueda realizar.

-¿Querés comer algo, Vero?

-No, tomaría un agua mineral.

-Ah, dije irónicamente, tenía casi la certeza de que no tenías hambre.

Los puestos de comida aparecían de golpe a medida que el cordón humano avanzaba, y había que hacer un giro brusco porque “el camino” quedaba interrumpido por un “restauran”-una carpa improvisada con algunas mesas y sillas- donde la gente comía chipá, tortillas del litoral, comida boliviana, empanadas salteñas, asado. Las cajitas de vino, y las botellas de cerveza proliferaban en estos sitios. Por momentos, la caravana de personas avanzaba empujándose una a otra, irrumpiendo la intimidad de los comensales.

-¿Todo bajo en calorías, eh?, le digo a Verónica que es vegetariana.

-¿Dónde lavarán las verduras?, me consulta.

-No preguntes esas cosas. Pero creo que por el agua que serpentea en el camino, algún vecino les alquiló una manguera y habrá alguna piletita improvisada por ahí.

-Pero las moscas...

El diálogo queda interrumpido porque Verónica se estaciona ante un puesto de viejos discos de vinilo. Ya no hay manera de persuadirla a seguir caminando. Aburrido, me quedo mirando los puestos. Colchones usados, herramientas viejas, utensilios usados de cocina y...Ya! repuestos para nuestra vieja procesadora de alimentos Kenwood Cheff.

-¿Cuánto valen?,pregunto señalándolos.

-Te los hago a $15.

-Bueno, pero los tres ¿no?

-Tá, pero dígame ¿de qué son?

El vendedor no conocía lo que vendía. Esta parte de la feria está sospechada de mercadería robada, contrabandeada o adulterada. También hay cosas que son recolectadas en la calle.

Verónica

Verónica me hablaba entusiasmada de los discos de vinilo, y que le iba a comentar a un amigo que coleccionaba música de jazz. Y que el vinilo tenía un sonido que no lo lograban las nuevas tecnologías. Y que había temas en otro lado no se consiguen.

-¿Qué te parece la feria?

-Superó mis expectativas.

-Sí, cada vez hay más pobreza.

-Pero yo no los veo tan pobres.

-¿Cómo que no?

-No visten mal, incluso hay algunos con zapatillas de marca, camperas de marca.

-La pobreza tiene otros disfraces. Hoy la ropa no es un problema tan fuerte como lo era antes, hay lugares de ropa de segunda selección. La gente tira ropa porque comprarla es más accesible. Nueva tecnologías abarataron las prendas, además las falsificaciones.

-Según vos el país se está derrumbando, y no es así. Yo estoy en Turismo y se están construyendo cadenas de hoteles, la hotelería remontó mucho en estos últimos años y da trabajo a mucha gente. Y no es sólo en Villa La Angostura, o Bariloche. También en el norte. En Jujuy, en Mendoza, tengo compañeros que están trabajando muy bien, además yo lo veo, no es porque me lo contaron., ni hablar de Córdoba o de Misiones. Se están construyendo caminos, rutas, complejos turísticos.

Caminamos en silencio. Sus cortas vacaciones y sus pocos días en casa no merecían una discusión.

Utilizamos la expresión Villa Turística para definir zonas de turismo en nuestro país, zonas privilegiadas por la naturaleza y también porque no, desde lo urbanístico: Villa la Angostura, Villa Carlos Paz, Villa Mercedes, Villa María son solo algunas . Utilizamos en nuestro hablar Villa Turística, como generalidad de estos hermosos parajes y a la vez que nos permita diferenciar estas de las otras villas cuya situación es diferente: marginación, pobreza...a estas las llamamos comúnmente, villas miserias.

Pero lo paradójico es que se hace turismo en villas miserias para mostrar lo mal que viven las personas. Las leyes de mercado han planteado que existe esta demanda y se empiezan a hacer tours mostrando las miserias latinoamericanas para satisfacerlas.

Susan Soutang expresa que las únicas personas que tienen derecho a ver imágenes del sufrimiento son las que pueden hacer algo por aliviarlo . Los demás somos mirones , tengamos o no la intención de serlo.

Las “leyes del mercado” parecen decir:-¡revuelvan del dolor, que el dolor vende!, y no os preocupéis del dolor de los demás...¡que la pobreza también es negocio!

La comisaría.

Caminábamos apretujados entre los puestos y la gente cuando de pronto aparece un pasillo de unos tres metros de ancho por treinta metros de largo, libre, como un túnel entre la calzada y la vereda para el paso de automóviles. En el medio de la ilegalidad, una comisaría. Al verla me imaginé que sus ventanas eran los ojos por los que me miraba el Estado y le pregunté:

-¿Es que no ves la miseria de la gente, de los chicos?, “la mano invisible” de tu neoliberalismo, mas que mano es un garfio que está destripando sueños y posibilidades.

Ya había dado unos pasos y siento en mi conciencia una voz que responde:

-¿Y vos que estás haciendo para mejorarlo?

Continuamos hacia el norte. Artículos de pesca nuevos, bicicletas usadas, heladeras y freezer usados, motocicletas usadas, muebles nuevos, muebles de cocina, cocinas usadas, piernas ortopédicas, y accesorios ortopédicos, ferretería con artículos nuevos y usados, Jaulas, peceras, pájaros y peces. Computadoras, DVD. Puestos de fruta, de pescados de río: sábalos, patí, bagres. Un puesto con películas porno y de acción, y a pocos metros otro con películas cristianas y material bíblico.

A veces la curiosidad de la gente produce amontonamientos al quedarse observando a dos o tres personajes con un juego. En una pequeña mesa un joven coloca tres vasitos de aluminio y en uno de ellos colocan una pelotita de goma espuma, mezcla los vasos con destreza y al rato invita a la gente a apostar dónde se halla la pelotita. Paga doble contra sencillo...Uno del público gana con facilidad y al hacer el pago ostentoso incita a los demás a jugar...ya imaginarán quién gana.

No hace tanto, en la época de los desarmaderos, había muchos repuestos de automotores en esta feria.

Marginalidad para marginados.

El sistema económico ha expulsado operarios, oficinistas, empleados de sus puestos de trabajo. Una gran importación a precios irrisorios invadió el mercado, dejando fuera la fabricación nacional. Muchos de los que lograron cobrar alguna indemnización, compraron autos y los explotan como auto de alquiler.

En tanto, la delincuencia ha crecido vertiginosamente. En 2002 fueron robados en la provincia de Buenos Aires cien mil autos, más de los que se produjeron en las deprimidas fábricas del sector. De quince a veinte mil eran costosas camionetas con tracción en las cuatro ruedas, que se revenden con documentación falsa en el Paraguay. Pero el resto, más del 80 por ciento, se concentraba en algunos modelos preferidos de los remiseros de barrios pobres del Gran Buenos Aires: Duna, Peugeot 504 y Fiat Uno. Eso indicaba que al calor de la crisis había crecido un mercado de autopartes, cuyos clientes provienen de la clase media en descenso, que no pueden pagar piezas nuevas. El negocio es de los más rentables. Por el robo de un auto se pagan 200 pesos, pero la venta de las piezas desguazadas rinde 5000.

Las fisuras.

La crisis económica produjo cambios abruptos en el mercado laboral. El trabajo en negro es la fisura por la que muchos logran subsistir.

Se inventan nuevas formas de colocar en el mercado viejas maneras de subsistencia, como el trueque, la venta de artesanías, y productos .

Industrias clandestinas (como textiles y calzado)con dificultades de adaptación a las exigencias de la competitividad emplean a trabajadores de manera informal. Estas empresas, proveen a otros sub-ocupados de mercadería .

El trabajo informal se hace socialmente necesario, en un país donde un 50% está trabajando en negro.

Pero.

Allí donde la necesidad gambetea la moral. Allí donde el hambre o la necesidad de los hijos no preguntan a un padre si trabajó; si puede arreglar su unidad de trabajo, comprar repuestos. Es como que la necesidad justifica. Allí nace la complicidad con lo ilícito. Luego se hace costumbre, y es como que el peso de lo que está mal, de lo corrupto, se desvaneciera. Ya deja de ser algo que está mal. Lograr la subsistencia como sea. Nos familiarizamos. Lo trucho es lo malo. Pero es lo posible de muchos. A veces pienso que son los más. Los ríos de gente que recorren la feria marginal me hace pensar que son muchos. Que son los más los que no pueden acceder a un libro, un CD, a una remera o a unas buenas zapatillas. A un trabajo formal, en blanco. A una educación.

Entonces las fisuras por las que aparecen las posibilidades desembocan en puestos de feria, en vendedores ambulantes, en buscas. La feria se va agrandando, agrandando, agrandando.¿Hasta dónde?

Diario del lector

“Combata el hambre y la pobreza:¡cómase un pobre!” (de un graffiti en Uruguay) .

¿Por qué la feria de Solano, y por qué la parte marginal de la feria?

¿A quién puede interesar un sitio al que es difícil llegar, inseguro estacionar, y donde da temor transitar, recorrer?

Entrevistar en la feria es difícil, requiere tiempo el contactar a sus protagonistas, lograr su confianza.

Algunos tropiezos.

Llevaba una cámara fotográfica que en un apretujón cayó al piso y se velaron las fotos- de la feria y otras-

No es fácil para un aficionado, lograr una buena toma, la corriente de gente no permite conseguir buenos planos. La desconfianza con que me observaban me hizo desistir.

Lo que queda afuera

La extensión de la feria. Si pudiéramos lograr una toma aérea. No puedo trasmitir con palabras el tamaño, la longitud que ocupa, ni la cantidad de personas que puede haber.

Describir el zanjón. Lleno de bolsitas, residuos plásticos, animales muertos. Unos chicos jugando en él, con la suciedad, la contaminación. ¿A todo nos acostumbramos?

Detalles. Al costado de un “restauran”, un cartel que decía : Baño $0,50

Para probar una máquina herramienta que se ofrecía en un puesto se cobraba un peso. Un extenso cable que provenía de una vivienda le daba energía hecho una vez el pago.

Otros detalles quedaron afuera de la nota. Vestimenta, bolsones, medios de transporte, los diálogos. Material de información de diarios, y páginas de Internet.

También me encontré en un callejón sin salida al tocar el tema de lo lícito e ilícito. Las justificaciones , el temor de que pueda interpretarse al describir una situación difícil, un síntoma de moralina, de juicio, en la nota.

Caminar por la feria es agotador, recorrer las bifurcaciones a paso lento demanda muchas horas.

Lo que me impulsó hacer la nota, elegir el tema.

Me duele el dolor de los demás. La aparición de una nueva palabra: animalización (fue utilizada por los medios para describir a la gente que vivía de la basura, literalmente, claro).

La prostitución infantil. La desnutrición . Una ciudad, un país cada vez más trucho. Son cosa horribles que nos pasan, y que, me parece, no es bueno esconderlas ni ignorarlas.

Pero también observar como la gente busca soluciones, tal vez no las mejores, pero es lo que hacen. Los que luchan desde la nada. Los que intentan. Por ellos entonces...

Nora de Investigación de Leonardo Murolo

Siervos de la tela

por Leonardo Murolo

leonardomurolo@hotmail.com

U

na familia: padre, madre, cuatro hijos. Desplazados, emigraron a la Argentina desde Bolivia en busca de ese edén que en otros tiempos fue un cercano horizonte de felicidad para excluidos y para espantados de las guerras. En nuestro país los esperó empleo en una fábrica textil, pero no todo fue idílico: trabajaban tres cuartos del día sin cesar, vivían hacinados en el mismo lugar, dormían se levantaban trabajaban dormían se levantaban y de vuelta a empezar. No percibían salario y su paga sólo era un lugar donde vivir y comida: fueron esclavos. Un día se levantaron, trabajaron y murieron encerrados entre las llamas de un incendio. Un incendio que, reflejado en los múltiples casos similares, aún hoy no para de arder.

El 30 de marzo de 2006, el infierno en el taller textil de Luis Viale 1269 dejó al descubierto las condiciones de trabajo esclavo en muchos otros talleres de costura clandestinos de la ciudad de Buenos Aires. Algunos de los sobrevivientes relataron a los bomberos y a los médicos que los asistieron que el televisor se habría caído mientras los chicos jugaban. La rápida propagación de las llamas causada por la inflamación de los materiales almacenados en la planta alta, que funcionaba como depósito y vivienda, habría provocado el derrumbe del techo que cayó sobre los cuatro chicos y los dos adultos. Mientras que otras versiones indicaban que el incendio comenzó a raíz de un escape de gas de una garrafa.

Revolución inconclusa

El capitalismo contemporáneo continúa con una primera revolución industrial inconclusa donde campesinos despojados de sus tierras y expulsados hacia las grandes urbes, sólo contaban con su familia, su fuerza de trabajo y la libertad para venderla en el mercado a porciones o morirse de hambre. En pleno siglo XXI, son nuevamente desplazados de países vecinos, quienes carentes hasta de documentos, se hacinan en talleres en condiciones de servidumbre. "Ver las condiciones de trabajo y de vida en los talleres truchos de aquí de Flores es como leer a Engels casi doscientos años después", señala, en una entrevista de 2005, Gustavo Vera, vocero de la Unión de Trabajadores Costureros.

Los talleres de trabajo esclavo surgieron en el Sudeste Asiático, se extendieron por África, y continuaron en Centro y Sudamérica, estas son las llamadas “Zonas de Procesamiento de Exportaciones” (ZPEs), otra forma de denominar a unas zonas de libre comercio. Allí es donde las multinacionales encargan productos, no pagan impuestos de importación ni exportación, y consiguen mano de obra barata, buenos tiempos de producción y exenciones fiscales. Esas empresas se crean y destruyen convenientemente para aprovechar las leyes locales sobre impuestos, y para ocultar quién hace qué y para quién. Se calcula que hay más de 3.000 ZPEs en más de 100 países. Unos 43 millones de personas trabajan en esas ciudades dedicadas al trabajo para exportar al mundo occidental.

De esta manera, la casa central sólo se ocupa de los pasos administrativos y de creación que tiene el negocio, como son el diseño de productos y marcas, el dominio de las tecnologías, la logística, el marketing, el crédito y el manejo financiero. La periodista y escritora Naomi Klein, cuenta en su libro "No Logo", que este modo de producir se realiza para la preservación de la marca, del logo, que de este modo se distancia de la ilegalidad y la corrupción.

Este panorama afecta directamente las condiciones de los trabajadores, sobre todo al interior del sector de la confección, donde la producción se basa en la utilización de mano de obra intensiva, dado que ninguna máquina pudo superar el trabajo humano en las tareas de terminación de las prendas. En este escenario, muchos talleres son testaferros de las marcas y cuando estalla algún problema judicial, el logo queda impune.

Trabajo a domicilio

Lidia Rojas tiene 59 años, comenzó a tejer de niña y nunca hubiese imaginado que aquella diversión, que ocupaba el lugar de la inexistente televisión y los costosos juguetes, se convertiría en su medio de vida cuando a principios de la década de los noventa, su marido, metalúrgico de oficio, se quedara sin trabajo y sin un mercado laboral que lo cobije. Si bien su hijo mayor ayudaba a la economía de la familia, Lidia comenzó a tejer de manera sistemática y a producir prendas para su venta. Fue así como se contactó con dos fábricas textiles que proveían a Narrow y Cheeky. “Trabajaba toda la noche, empezaba a la tarde y seguía hasta la mañana temprano. En tres noches, de la tarde a la mañana, terminaba una prenda, me acostaba a dormir, mi mamá lo entregaba y me ayudaba con mis hijos”, cuenta Lidia y agrega “imagino que quienes trabajan en el taller la deben pasar peor, yo estaba en mi casa, pero con los tiempos que te dan de los pedidos tenés que trabajar de catorce a quince horas por día sino no llegás”.

Esta modalidad de producción se denomina entre los textiles “trabajo a domicilio” y no sólo implica largas horas de trabajo intensivo para cumplir con los encargues, también es el trabajador quien corre con los gastos de insumos (hilo, agujas, lana) dentro de un balance donde la ganancia no es grande.

“Vi prendas mías en las vidrieras mucho más caras de lo que me pagaban, por ejemplo un pulóver que yo se los cobraba 25 pesos lo vendían a 75 o hasta a cien, sólo porque le agregaban la marca”.

En Argentina rige la Ley 12.713 de Trabajo a Domicilio, según la cual la responsabilidad de empresarios, talleristas y contratistas incluye el pago de salarios y beneficios sociales, pero los trabajadores no obtienen ninguno de estos beneficios. El contrato de trabajo es informal y no hay documentación que lo certifique.

La entrega de material por parte del contratista varía según el caso, pero en general se entregan las piezas cortadas y los trabajadores se encargan de unirlas y hacer el terminado de las prendas. En todos los casos, el trabajo domiciliario se realiza con "pago a destajo", es decir, por pieza realizada.

Pequeños talleres

Los dueños de los pequeños talleres son quienes cargan con los gastos de alquiler, maquinaria e insumos y se ocupan de emplear a los costureros. Los grandes fabricantes, en su mayoría, según talleristas, sindicalistas y empleados, pertenecientes a la comunidad coreana llevan a estos talleres las telas para confeccionar las prendas. Si bien en esta modalidad de producción los trabajadores gozan de la libertad para irse a su casa al finalizar su labor, ni las condiciones laborales ni la paga son mejores.

Víctor Pérez, Secretario Gremial del Sindicato de Empleados Textiles de la Industria y Afines de la República Argentina, sostiene: “las condiciones de trabajo casi siempre son malas en nuestra rama industrial o te jodés la columna por estar muchas horas mal sentado, o te jodés la vista con la costura o las vías respiratorias por los pegamentos y demás insumos. Los talleres son una mugre, los de los coreanos peor, son unos mugrientos”.

Según Gustavo Vera, existen informes realizados en los hospitales Santojani y Muñiz que dan cuenta que un 80% de los casos de tuberculosis tratados en esos establecimientos corresponden a trabajadores costureros bolivianos, quienes trabajan bajo condiciones de hacinamiento, en las que se inhala polvo continuamente, y un gran número padece también de anemias severas.

Trabajo esclavo

Mirta Torrico emigró de Bolivia con su hermana Iris. Sabían a qué venían. Un hermano de ellas trabajaba en Argentina desde hacía un par de años, y, a pesar que las condiciones laborales eran pésimas, les había conseguido un trabajo que en su país no tenían. Las hermanas de 28 y 26 años no dudaron en viajar y comenzar a transitar su nueva vida, pero cuando pudieron, dejaron de hacerlo. “Nosotras no dormíamos en sótanos ni teníamos prohibida la salida como pasa en otros lados, pero el dueño del taller nos decía que si salíamos podíamos ir presas porque no teníamos documentos”, relata Mirta, mientras Iris agrega: “trabajábamos muchas horas, nos pagaban un peso ó 1,20 cada prenda y no dábamos abasto”.

A las familias que viven en el mismo lugar donde trabajan, las jornadas laborales se les extienden hasta 16 horas. A la mayoría de ellos no les es permitido salir y es común que el propietario de estos talleres no les pague porque los provee de comida y alojamiento. Las condiciones de vivienda son inhumanas, una pieza por familia con algunas camas o colchones, que se alternan en el uso: cuando uno se levanta a retomar su turno de trabajo, otro ocupa su lugar. Por esto el mote de “camas calientes” a quienes trabajan en estas condiciones.

La responsabilidad ajena

Desde un cómodo asiento de escritorio, Víctor Pérez cuenta su viaje a Mar del Plata por un congreso de sindicalistas, enciende un cigarrillo y en primera persona del plural habla de las atrocidades que le hacen a él “los coreanos” como grupo organizado semejante a una mafia: “Los coreanos cobran entre 30 y 40 pesos cada prenda y a los trabajadores nos pagan monedas, un peso y pico cada una. El pago debería ser un 22 por ciento del precio al que las venden. Son explotadores, toman a bolivianos, paraguayos, peruanos ilegales y evaden impuestos”.

Los Argentinos no siempre acogen como personas a los bolivianos y paraguayos. Muchas veces los trámites de residencia en el país son tan engorrosos que no vale la pena intentar comenzarlos. “Porque somos bolivianos pueden tratarnos como esclavos, como menos que personas, ellos creen”, señala con vehemencia Mirta Torrico. Cuando se dirigen a realizar una denuncia no se las toman por no tener documentos, los derivan al consulado de su país y son ellos quienes los exhortan a renunciar a la denuncia.

Ser una Zona de Procesamiento de Producciones, implica ser cómplice de prácticas ilegales en desmedro de los Derechos Humanos. El aprovechamiento de extranjeros indocumentados y el trato inhumano que se les da, se encuentra estrechamente ligado a la mirada esquiva de la administración política argentina.

El cónsul adjunto de Bolivia en Buenos Aires, Albaro Gonzáles Quint, advirtió que son pocos los controles que hace la Ciudad para clausurar talleres clandestinos en los que se explota a trabajadores extranjeros, y pidió que el tema se incluya en una agenda bilateral.

La responsabilidad no es del todo ajena.

Una vez más, desligarse, endilgar a grupos de inmigrantes toda la culpa de ser los hacedores de las anomalías que se cometen puertas adentro del país, es un rasgo acentuado de la argentinidad desentendida: “los bolitas, los paraguas y los peruanos” son ilegales, “los coreanos” son explotadores, ¿y los argentinos? Los argentinos ven esta realidad que se vive en su país como ajena. Muchos, sin preguntarse por qué es este un terreno fértil para la génesis y desarrollo de los siervos de la tela.

Crónica de Sabrina Paramidani

HISTORIAS MÍNIMAS

Muchos viejos, muchos bolivianos, pocos jóvenes y menos futuro. Dicen por ahí que esa es la realidad de la feria franca, hoy por hoy, en el partido de Avellaneda.

Lo que más abunda son los puestos de verduras. En el primero, ubicado a la derecha si una se dirige por la calle Di Tella hacia Rivadavia, un señor posa orgulloso, con su sombrero negro, ni bien me ve sacar la cámara de fotos. Me hace señas de que espere y corre a llamar a dos chicas que trabajan ahí para que salgan retratadas también; una se ríe, a la otra le da vergüenza. Ellos son bolivianos, la mayoría llegó al país hace menos de un año.

Miguel Ángel tiene su puesto de frutas hace casi sesenta años. Delantal azul, boina, lapicera en la oreja. Su puesto es una explosión de colores: bananas y castañas colgando, uvas, mandarinas, naranjas y kiwis, kakis y granadas, manzanas y limones. Todo está perfectamente ordenado. Es el puesto que más trabaja, siempre hay que hacer cola para que a una la atiendan. Sin embargo hay poca gente ese día en la feria, dicen que es porque estamos a fin de mes.

En frente, Luciano maneja su puesto con productos de granja. El carro está dividido a la mitad porque ahí su mujer vende artículos de limpieza. Su hija los ayuda. Pollos, conejos, huevos y detergentes, escobas y jabones en polvo.

Argentinos y bolivianos, viejos y jóvenes. Todo y todos se mueven. La feria nunca está quieta. Los ruidos y el tumulto, los changuitos que te pasan a dos centímetros del pie, “¡Qué rica la naranja! ¡Especial para jugo! Tome señora, pruebe”.

Sigo caminando. Gimy, del puesto de papas, me quiere vender cinco kilos a diez pesos. Está cara por las inundaciones, dice, las tienen que sacar con tractor de adentro de los campos. Le explico que no quiero papas, que le quiero sacar algunas fotos a él y a su puesto, y de paso hacerle algunas preguntas: que si hace mucho que es feriante, que sí, hace cincuenta y cinco años, “Desde los 10 años, tengo 65… Empecé de pibe, pero soy prácticamente profesor de geografía. Hice escenografía en el canal 7. Trabajé en una fábrica de ropa también, en la década del ’60”.

-¿Y después volvió a la feria?

-Si, un día me vine por 20 días y me quedé 45 años más. La vagancia de acá me arrastró a esto. Cuchame, te puedo hablar de cine, te puedo hablar de… por ejemplo de cine te puedo hablar del año 1890, del año 1890… antes.

-¿El cine es lo que le gusta a usted?

-Americano… sí. Sé historia, geografía… lo que vos quieras.

Hablar es lo que Gimy mejor sabe: “Yo aprendí todo todo me gusta por ejemplo el cine para mí es una pasión por ejemplo uno me trajo un libro de John Ford que es un director que hizo por ejemplo “El hombre quieto” “Viñas de ira” “Que verde era mi valle” John Ford los americanos dicen que es americano pero no es americano nació en Irlanda en el año 1886 la obra maestra de él es “El precio de los fuertes” en la que trabaja… sentiste hablar de Henry Fonda, ¿no?”

-¿Qué?

-Te puedo hablar de todo un poco. Y el libro “Corazón”, ¿sabés quién lo hizo?

-El libro “Corazón” sí lo conozco, lo leí de chiquita. No me acuerdo. ¿Al libro después lo hicieron película?

-¿Y por ejemplo, “Portero de noche”?

-La verdad, ni idea

-Viviana Cavalo

-¿Le gusta leer?

-Y… ¿“Carta al general Franco”?

-No sé

-Arrabal, española. ¿Y “El crimen del Cuenca”?

-No los conozco a esos autores

-¿Cómo que no? Es una película ¿No viste “El crimen del Cuenca”?

Gracias a Dios, un cliente nos interrumpe: “No le creas nada, es un viejo mentiroso. Y es sordo también, cuando no le gusta lo que escucha es sordo”

-Soy tuerto, sordo y pelado. Y tengo fiaca, nariz de payaso y un ojo de acrílico.

Y trabajé como seis meses también en Tumberos (la mini serie de canal Trece). Fueron 4 episodios. En el último salgo yo con 150 en un pabellón y con la itaca me matan. Después aparezco muerto, después aparezco muerto debajo de un camión. Son todas cosas que hacen en la televisión. La hizo Gaetano, un director de acá.

-Volviendo al tema de la feria, ¿usted siente diferencia, respecto de cómo era antes?

-Y… antes yo acá vendía 40 bolsas de papas, ahora no vendo ni diez. Si la gente… ¿no ves que ni hay gente?

-¿Va a otras ferias también?

-Sí, voy toda la semana, menos los domingos. ¿Vos vas a la facultad, no?

-Sí.

-¿Qué tema estudias?

-La carrera es Comunicación Social.

-Por ejemplo, ¿vos sabés cuantos kilómetros hay de Barcelona a Bordeaux? Barcelona es España, Bordeaux, Francia. (Mientras Gimy sigue atendiendo su puesto)

-No, no sé.

-Pero… lo que te digo yo… por ejemplo, ¿vos no viste “El crimen del Cuenca”? Española.

-Bueno, lo dejo seguir trabajando, no lo molesto más. Muchas gracias.

En frente al puesto de Gimy, Miriam trabaja en su puesto de ropa hace veinte años. Llegó de Bolivia a los once años y empezó en la feria con sus padres en un puesto de verduras. De su puesto hoy cuelgan buzos, sacos de distinta textura, pantalones, remeras, medias y bombachas. Debajo, en una mesa muy larga, hay corpiños de todos los tamaños y colores, toallones para bebés, mas medias. Josefina, su hija, la ayuda, pero solo los fines de semana. Estudia instrumentación quirúrgica. Su novio Luis, del puesto de regalos y artículos de bazar que está al lado, la preocupa mucho: “Estaba estudiando enfermería, viste. Pero, estaría bueno, o le gustaría mecánico dental, algo que tenga una salida rápida, que no esté tanto… los esfuerzos, viste, porque el no puede. Estaría bueno que termine de estudiar, aunque sea una carrera corta pero algo que le permita… Ahora está estudiando computación, tiene que capacitarse para tener otro tipo de salida laboral, porque los trabajos que él hacia ya no los puede hacer. Y aparte, acá la feria no es una… Si llueve no puede venir, si hay mucha humedad tampoco, hay que tener cuidado. Yo por suerte estoy sana, no tengo nada, pero viste… Viste que el trabajo dignifica, y más para un hombre es… más importante. ¿No es cierto? Y sí, te da bronca. A mí esas cosas me dan bronca, que te echen como un perro, porque no te necesitan, y cuando él se iba a las 3 o 4 de la mañana, viste”.

Luis tiene treinta y dos años y trabaja en la feria hace dos, aunque según cuenta, estuvo un año sin poder ir por problemas de salud. En su puesto vende artículos de bazar, plantillas para zapatillas y stickers de dibujitos. A veces, dice, también trae regalería, según se acerque el día de la madre, del padre, del niño o la navidad. Su puesto no es como los de la mayoría, parece más improvisado. Todo el material a la venta está apoyado sobre unos tablones de madera y caballetes, sobre un mantel. La disposición municipal que reglamenta la ordenanza del gobierno provincial prohíbe este tipo de puestos. En el año 1978, el gobierno municipal a cargo del Coronel Marcelo de Elía decretó que “La construcción podrá efectuarse en metal o madera, pintada uniformemente de color blanco, y en forma que los usuarios tengan a la vista la mercancía, como así también las balanzas en los casos que corresponda por las características de los productos que expendan” (artículo 2).

En la municipalidad de Avellaneda hoy se está trabajando para modificar este decreto. Según la Subdirectora de Ferias, la señora Ábalos, es general el consenso sobre lo desactualizadas que están las reglamentaciones. Sin embargo, las ferias no parecen ser un tema prioritario en la agenda. Como ejemplo, la oficina de la subdirección acaba de ser trasladada al edificio que se conoce como la “municipalidad vieja”, título que adquirió luego de que trasladaran las oficinas principales a un edificio nuevo, junto al primer shopping que tuvo la ciudad. En el edificio viejo hoy funciona un pequeño museo, una biblioteca popular, una oficina para microemprendimientos solidarios, y la subdirección de ferias. Este aislamiento parece ser un reflejo, no sólo de las prioridades en la agenda municipal, sino también de la poca relevancia que tienen estas cuestiones en la vida de la ciudad.

No existen registros oficiales que den cuenta de la realidad de esta actividad comercial. El único dato con el que se cuenta es que hoy funcionan treinta y cinco ferias francas en la ciudad de Avellaneda, la demanda para ingresar con nuevos puestos crece día a día, y desde la subdirección de ferias no pueden ayudarlos a todos. La prioridad es para la gente que, como en el caso de Luis, tienen problemas de salud o discapacidad, y dependen de la feria para subsistir.

-¿Dónde estabas trabajando?

-En Plaza Vea, un supermercado. Y me agarró un accidente de trabajo y bueno, estuve con la ART. Con la ART estuve tres meses y se determinó que me tenían que operar porque tenía hernia de disco. Y cuando me estaban operando me echaron. El 20 de octubre me echaron, digo, me operaron y el 21 me mandaron el telegrama. Estando internado. Después me dieron el alta y yo ni sabía que me habían echado. Estoy en juicio. Lo que pasa es que me echaron cuando me estaban operando, me hicieron un abandono de persona total. Lo que pasa es que… viste como son los supermercados. Yo era encargado justo, y… no hay tanto apoyo. Los supermercados son así.

-¿Y ahora como te va con el puesto de bazar?

-Para comer por ahora…

Josefina se indigna: “no es como para darte los lujos, sólo para vivir, viste, porque no te podés dar ningún lujo”.

Las historias en la feria se repiten, que se está mal, que no se vende, que se subsiste, que es muy sacrificado, que a la familia no la vemos nunca. La feria resiste, quizás “porque los viejos somos viejos, y ¿qué vamos a hacer, subirnos a un remis?”, los jóvenes “por el momento” y los bolivianos porque “se está mejor acá que en Bolivia”. En definitiva, la feria no parece ser una opción válida, pero “que vamos a hacer, hay que seguir peleándola”.

viernes, 27 de junio de 2008

Reflexión sobre la crónica de María del Mar Galant

Reflexión Debate sobre el Género: la Crónica

Crónica: f. Historia en que se observa el orden de los tiempos.

Diccionario Enciclopédico NOVUS.

Me gusta empezar con definiciones porque siempre dan punto de partida a la discusión.

Como remarca Caparrós en el prólogo de “La Argentina Crónica”, y como indica la etimología de la palabra que le da su nombre, el tiempo define la crónica. Se narra algo que se desarrolla a través de él. Pero como también podemos observar en el mismo libro, existen múltiples definiciones del género. Mi idea es que hay tantas definiciones como escritores de crónicas.

Leo las crónicas porque son lo más literario que puedo encontrar en un diario. Me entero y disfruto de una historia, y no sólo de una suma de datos, nombres de desconocidos y cifras.

Escribo crónicas porque me gusta narrar, y usando material del mundo real, es sólo cuestión de ordenarlo y darle forma.

Cristian Alarcón (autor de “Un día en la vida de Pepita la Pistolera”) dice: “La crónica es una versión insospechada de lo real.”1 Es un buen punto de partida. Las palabras clave serían versión, porque es un relato, y lo real, porque parte de los hechos. Aclara este aspecto Amar Sánchez cuando dice que “(…) es necesario distinguir lo real – los hechos – de la realidad, que es ya una construcción”2.

Sin embargo Alarcón también enfatiza la palabra insospechada. La crónica debe ser insospechada en su profundización, observación. Debe reparar en aquello que se pasa por arriba, que se asume. A veces algo nos es tan cotidiano que no nos detenemos a analizarlo. El cronista debe estar preparado para extrañar – en el sentido de hacer extraño – todo, y así tener la necesidad de describirlo, desmenuzarlo, desarmarlo y comprenderlo.

Alejandro Seselovsky, (autor de “Skinheads antifascistas: el lado rojo de la fuerza”) confiesa que “De las diez cosas que más me preocupan [al escribir una crónica], el lector está en el puesto catorce.”3 No concuerdo con él. La crónica es un artículo que el periodista disfruta escribir. No es la mera trascripción de datos en pirámide invertida, sino una historia con personajes que toman cuerpo, y sucesos que se hacen carne. Pero si uno las escribiera sin pensar en el lector, puede igual de bien llevar un diario íntimo. El lector está presente a la hora de hacer la crónica, porque es necesario tenerlo en mente en el momento de decidir qué información es necesario agregar para una mejor compresión y aprovechamiento del texto y cuál se puede obviar, por ejemplo. Quizás no le daría yo el primer puesto de mis preocupaciones, pero seguro que el lector sube al podio.

Emilio Fernandez Cicco (autor de la desabrida “En campaña con Duhalde y Ortega”) dice que la crónica puede definirse como “Un hombre que no sabe nada de nada, o sea un periodista, buscando enterarse algo de algo, o sea una historia.”4 Esta es una definición muy simplista y hasta despreocupada. Un amigo una vez me dijo cuando le expliqué (se ve que precariamente) la finalidad de la carrera que estudiaba: “Ah, pero son todos ladris que estudian para no saber nada pero poder hablar de todo.” Me ofendí un poco en ese entonces, pero pensándolo bien, era correcto – sacando lo de ladris. El periodista y el comunicador se preparan para poder abordar distintas temáticas, con las herramientas necesarias para informarse previamente sobre ellas, aunque sea de forma general. No es el cronista alguien que no sabe nada de nada, sino alguien que tiene la habilidad de informarse con el tiempo en contra. No hay que aparecerse al primer encuentro que devendrá en una nota como tabula rasa. Siempre se va a investigar antes el tema, o los temas, que nos podemos llegar a encontrar. Es muy intuitivo el acto, pero la experiencia debe alimentarlo y entrenarlo.

En la misma línea, es cierto lo que alguna vez dijo Ryszard Kapuscinski: “Considero que una característica fundamental en nuestro trabajo es la humildad. Es más que importante entender lo modesto que resulta ser periodista, porque no hay ninguna otra profesión en la que se dependa tanto de los otros”.5 Dependemos totalmente de los otros, las fuentes. Pero tampoco hay que descansar en ellos, como sugiere Cicco. Kapuscinski mismo, como lo describe la periodista Verónica Abdala “puede [podía] llegar a devorarse una biblioteca antes de atreverse a opinar sobre determinada cuestión, o de iniciar el trabajo de campo, bajo la certeza de que el trabajo del periodista se asienta en dos patas que se complementan mutuamente: la acción y la reflexión, instancia esta última en la que juegan un papel decisivo los libros. Antes de emprender la investigación que conduciría a Ébano, su libro sobre África, de hecho, leyó doscientos volúmenes sobre el tema.”6

En el artículo “Escritores crónicos”, de María Moreno, se citan una serie de preguntas muy interesantes que María Sonia Cristoff se hace acerca de la crónica: ¿Qué sucede con una narración que pretende representar una realidad cuyos referentes no están camuflados ni son producto de la imaginación? ¿Cómo abordar esos referentes? ¿Es realmente cierto que ese tipo de representaciones no recurren a ninguna estrategia de camuflaje? ¿Cuál es el lugar en el que se ubica, narrativamente hablando, el autor? (…) ¿Cómo se indaga en los temas desde la literatura de no ficción? ¿Hay una obligación de citar fuentes de la cual la ficción está relevada? ¿Cómo citarlas? ¿Cómo evitar los recursos de la academia y los de la investigación periodística en esas citas?”7

Todo eso, consciente o inconscientemente, se lo pregunta el escritor de una crónica cuando se dispone a presentarla. La respuesta a estos interrogantes podría sintetizarse en la frase de Hellmann que cita Amar Sánchez: “Todo esto realmente pasó, así que no me culpen si no parece real.”8 Si bien esa es la excusa del cronista, es sobre los límites que se pregunta Cristoff. “El único límite cierto es no vulnerar la dignidad de los protagonistas ni la seguridad de las fuentes.”9 Dice Cristian Alarcón caracterizando la ética periodística. También es importante trazar la línea de la primera persona, como dice Caparrós: “(…) cuando el cronista empieza a hablar más de sí que del mundo, deja de ser cronista.”10

¿Cómo se escribe una crónica?

No desde una redacción, por dos motivos: el primero, el imprescindible salir a la calle. Recorrer, andar un camino. En segundo lugar, porque la naturaleza del texto se contradice con la urgencia del ambiente. Lo ideal es tomarse el tiempo necesario para darle forma y sentido.

Hay que ser gráficos. No gráficos obscenos: no hay necesidad de que nuestra crónica chorree sangre, miseria o tragedia para que sea cruda. Hay que ser gráficos en el sentido de muy descriptivos. La persona que lee nuestra crónica debe ser capaz, a través de nuestras palabras, de imaginar la misma imagen que nosotros presenciamos.

Caparrós dice: “La magia de una buena crónica consiste en conseguir que un lector se interese en una cuestión que, en principio, no le interesaba en lo más mínimo.”11 Despertar el interés de alguien por algo es un arte, y si estamos escribiendo, es crucial. Porque el acto de escribir se completa cuando es leído. Más allá de la catarsis que pueda implicar para el escritor, el texto cobra vida en el lector, en cada lector. Teniendo esa responsabilidad, es importante que el cronista ponga el foco en aquello en que el lector no había, necesariamente, reparado.

TRES PREGUNTAS SOBRE LA CRÓNICA PERIODÍSTICA

-¿Cuál es su definición de <>?

Descubrir. Correr un velo de la realidad, y contar algo de un mundo ajeno a nuestra cotidianeidad, o que pertenece a ella, pero no es observado intensivamente. Espiar al otro desde una cierta inocencia e ignorancia. La capacidad de asombro es esencial, así como la habilidad descriptiva.

-¿Cuál cree que es su finalidad?

No se tiene la obligación de ser los ojos del lector, pero sí de satisfacer su curiosidad. Al fin y al cabo se trata de enterarse de algo que no se conoce. La crónica debe cumplir el rol de ventana al mundo real más que ningún otro artículo periodístico. Aunque sabiendo que nada escrito por una persona es una ventana al mundo real, sino que se parece más a un cuadro pintado por un pintor caprichoso; que al menos nuestras crónicas sean historias pintadas con pincel honesto y colores crudos.

-¿Qué límites –éticos, metodológicos- existen a la hora de investigar una historia para contarla?

Los mismos que tenemos en nuestra vida diaria - sé que no soy original. Los míos van a ser no traicionar la confianza de nadie, y la mejor forma de hacerlo es aclarar claramente (valga la redundancia) nuestro rol desde el primer momento.

María del Mar Galant

NOTAS

1 Alarcón, Cristian, en La Argentina Crónica, Selección de Maximiliano Tomas. Planeta, Buenos Aires, 2007. p.49

2 Amar Sánchez, Ana María. El género no ficción: un campo problemático, en El relato de los hechos. Rodolfo Walsh: testimonio y escritura. Beatriz Viterbo Editora. p. 30.

3 Seselovsky, Alejandro, en La Argentina Crónica, Selección de Maximiliano Tomas. Planeta, Buenos Aires, 2007. p.96.

4 Fernandez Cicco, Emilio, en La Argentina Crónica, Selección de Maximiliano Tomas. Planeta, Buenos Aires, 2007. p.98.

5 Kapuscinski, Ryszard, citado en La leyenda del santo periodista, de Verónica Abdala. P/12, Cultura, sábado 31 de Agosto de 2002.

6 Abdala, Verónica. Ídem.

7 Cristoff, María Sonia, citada en Escritores crónicos de María Moreno. P/12, Radar, domingo 07 de Agosto de 2005.

8 Hellmann, J. citado en El relato de los hechos. Rodolfo Walsh: testimonio y escritura de Ana María Amar Sánchez. Beatriz Viterbo Editora. p. 23.

9 Alarcón, Cristian, en La Argentina Crónica, Selección de Maximiliano Tomas. Planeta, Buenos Aires, 2007. p.50

10 Caparrós, Martín, en La Argentina Crónica, Selección de Maximiliano Tomas. Planeta, Buenos Aires, 2007. p.13.

11 Ídem, p.11.